Las ganas de volar

Situación: noche de agosto, ella está de fiesta con sus amigos, tan feliz, disfrutando de la música, buena compañía y las dos copas que lleva de más encima. Está el chico al que le ha echado el ojo desde hace un par de meses. En ese tiempo ha ido construyendo con mucho mimo la relación, tanteando el terreno, descubriendo sus gustos y cotilleando su Facebook. Sabe que esa noche es LA noche. Tras largas tardes de discusiones acompañadas de café y cigarros con la amiga de turno, decide tomar riendas en la situación. “Estoy harta, o pasa algo esta noche o ya se acabó”.

Está por ahí bailando como si no hubiese mañana, contoneándose como algo similar a Beyoncé.

(eso es lo que piensa ella, en realidad es un aprobado raspado, es lo que tiene el alcohol), acercándose a su presa, cuando de repente alguien del grupo le presenta al nuevo que acaba de llegar.

Y aquí es donde se pone seria la cosa.

Él la mira y sonríe. Ella le mira y le da dos besos.

Giro de 180 grados. Nuevo tablero.

“Menudo lío” piensa.

Después del esfuerzo, tiempo y sudor invertido en el primer susodicho, todo por la ventana.

Flechazo.

Algunos dicen que eso es algo que no existe, algo como de la mitología. Que es tan verdadero como la existencia del hombre del saco. Yo soy una romántica empedernida así que ya os imaginaréis mi opinión al respecto. Existe. Puede que no sea enamoramiento, pero la atracción instantánea y muta es una realidad.

Pasaron toda la noche bailando y conociéndose. Hablando de los sitios en los que habían vivido, las parejas que habían tenido, su familia, sus amigos, su trabajo, sus estudios. Si en algún momento se despegan, intentaban de forma disimulada vigilar al otro para que no se alejase demasiado. Los amigos se fueron a casa, cerraron el local pero a ellos les dio igual. Siguieron dando vueltas por Madrid, disfrutando. Estos son los mejores paseos, pensaba ella, porque la gente en ellos te cuenta cosas que no contaría en ningún otro momento. Él la miraba cuando creía que ella no lo veía (pero claro que ella lo sabía, las mujeres somos así) y ella utilizaba cualquier excusa para posar su mano en su brazo o tocarle ligeramente la espalda.

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Les entró algo de hambre y el la invitó a desayunar, dándole al café un nuevo sentido. Ya no era para planificar la siguiente estrategia con el chico X sino para disfrutar con el chico Y. ese que desde el instante en el que había lo había conocido no se había sentido capaz de separase de él. A ella le gustaba como movía él las manos cuando hablaba y lo bien que le sentaba esa  camisa azul que llevaba. La hacía reír de una forma que no había experimentado en mucho tiempo. Demasiado tiempo. A él le parecía que ella era la chica más guapa que había visto con coleta. Pero eso no era lo único que tenía en la cabeza.

Esta es la historia de un enamoramiento nocturno y fugaz, que al parecer no dio más de sí y que durante mucho tiempo sólo se quedó en eso. Durante la noche cualquier cosa era posible pero el sol llegó acompañado de la realidad. Se despidieron después del desayuno, con mucha sonrisa de por medio. Fue uno de esos amores que cada vez suceden con menos frecuencia según vas cumpliendo más años. Pero al igual que el dinero, cuantos menos tienes, con más ansia añoras el siguiente.

Tengo la teoría, muy trillada y comentada entre amigos, considerada práctica y útil por unos y fría y calculadora por otros, de que cada persona que conocemos tiene una función en nuestra vida y no se le puede exigir ni más ni menos. Porque si no se estropea todo. Es estirar y estirar la goma hasta que se parte. Y nunca se parte de forma limpia. Siempre hay discusiones, silencios fríos y momentos incómodos.

Ella necesitaba volver a sentirse un poco querida, ver que seguía teniendo la posibilidad de encontrar algo más. Él sin embargo tenía que sacarse de la cabeza a su ex unas horas o ya se iba a volver loco. Se ayudaron el uno al otro.

Esta teoría es una de las verdades más absolutas que he conocido y se puede aplicar también a amigos, familia, gente del trabajo. Quien sea. Me he ahorrado muchos palos con ella.

El problema llega cuando se mezclan conceptos y se espera más. Siempre hay alguien que exige más de lo adecuado cuando la belleza de la relación es que se quede en eso y lo que te ha aportado. Mejor una noche de ilusión que tres meses de desesperación. A veces es más bonito quedarse con el “¿qué hubiese pasado?” que con el “esto es lo que pasó: se acabó” porque así la imaginación crea situaciones que, gracias a nuestro optimismo innato, siempre acaban bien.

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Él ya está bien, se ha recuperado de sus fantasmas y sigue con su vida. Ella también, tampoco está sentada esperándole pero sí que vuelve al bar de vez en cuando a ver si se encuentran por casualidad y sonríe cuando pasa por delante de la cafetería del último desayuno, recordando la complicidad compartida unas horas.

Continuará.

-Z.

Cuando sepas de mi…

Hace poco me desperté con un email de una amiga que decía “He leido esto y me ha recordado mucho a ti, te va a gustar”. Es de mi mejores amigas, pero con eso del ajetreo veraniego hacía tiempo que no hablabamos, por eso me hizo mucha ilusión recibir el email y darme cuenta de como me conoce de bien. Me encantó el texto que me mandaba y por eso quiero compartirlo con vosotros, espero que os guste.

“Cuando sepas de mí, tú disimula. No les cuentes que me conociste, ni que estuvimos juntos, no les expliques lo que yo fui para ti, ni lo que habríamos sido de no ser por los dos. Primero, porque jamás te creerían. Pensarán que exageras, que se te fue la mano con la medicación, que nada ni nadie pudo haber sido tan verdad ni tan cierto. Te tomarán por loca, se reirán de tu pena y te empujarán a seguir, que es la forma que tienen los demás de hacernos olvidar.

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Cuando sepas de mí, tú calla y sonríe, jamás preguntes qué tal. Si me fue mal, ya se ocuparán de que te llegue. Y con todo lujo de detalles. Ya verás. Poco a poco, irán naufragando restos de mi historia contra la orilla de tu nueva vida, pedazos de recuerdos varados en la única playa del mundo sobre la que ya nunca más saldrá el sol. Y si me fue bien, tampoco tardarás mucho en enterarte, no te preocupes. Intentarán ensombrecer tu alegría echando mis supuestos éxitos como alcohol para tus heridas, y no dudarán en arrojártelo a quemarropa. Pero de nuevo te vendrá todo como a destiempo, inconexo y mal.

Qué sabrán ellos de tu alegría. Yo, que la he tenido entre mis manos y que la pude tutear como quien tutea a la felicidad, quizás. Pero ellos… nah.

A lo que iba.

Nadie puede imaginar lo que sentirás cuando sepas de mí. Nadie puede ni debe, hazme caso. Sentirás el dolor de esa ecuación que creímos resuelta, por ser incapaz de despejarla hasta el final. Sentirás el incordio de esa pregunta que jamás supo cerrar su signo de interrogación. Sentirás un qué hubiera pasado si. Y sobre todo, sentirás que algo entre nosotros continuó creciendo incluso cuando nos separamos. Un algo tan grande como el vacío que dejamos al volver a ser dos. Un algo tan pequeño como el espacio que un sí le acaba siempre cediendo a un no.

Pero tú aguanta. Resiste. Hazte el favor. Háznoslo a los dos. Que no se te note. Que nadie descubra esos ojos tuyos subrayados con agua y sal.

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Eso sí, cuando sepas de mí, intenta no dar portazo a mis recuerdos. Piensa que llevarán días, meses o puede que incluso años vagando y mendigando por ahí, abrazándose a cualquier excusa para poder pronunciarse, a la espera de que alguien los acogiese, los escuchase y les diese calor. Son aquellos recuerdos que fabricamos juntos, con las mismas manos con las que construimos un futuro que jamás fue, son esas anécdotas estúpidas que sólo nos hacen gracia a ti y a mí, escritas en un idioma que ya nadie practica, otra lengua muerta a manos de un paladar exquisito.

Dales cobijo. Préstales algo, cualquier cosa, aunque sólo sea tu atención.

Porque si algún día sabes de mí, eso significará muchas cosas. La primera, que por mucho que lo intenté, no me pude ir tan lejos de ti como yo quería. La segunda, que por mucho que lo deseaste, tú tampoco pudiste quedarte tan cerca de donde alguna vez fuimos feliz. Sí, feliz. La tercera, que tu mundo y el mío siguen con pronóstico estable dentro de la gravedad. Y la cuarta, -por hacer la lista finita-, que cualquier resta es en realidad una suma disfrazada de cero, una vuelta a cualquier sitio menos al lugar del que se partió.

Nada de todo esto debería turbar ni alterar tu existencia el día que sepas de mí. Nada de todo esto debería dejarte mal. Piensa que tú y yo pudimos con todo. Piensa que todo se pudo y todo se tuvo, hasta el final.

A partir de ahora, tú tranquila, que yo estaré bien. Me conformo con que algún día sepas de mí, me conformo con que alguien vuelva a morderte de alegría, me basta con saber que algún día mi nombre volverá a rozar tus oídos y a entornar tus labios. Esos que ahora abres ante cualquiera que cuente cosas sobre mí.

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Por eso, cuando sepas de mí, no seas tonta y disimula.

Haz ver que me olvidas.

Y me acabarás olvidando.

De verdad.”

Risto Mejide.

-A.

Todo lo que necesito saber lo aprendí de Friends.

Sé que el tema escogido no es original. Sé que ya habréis leído uno calcado o, aunque sea, algo similar. Pero precisamente ahí se demuestra su importancia. Soy una loca de las series (me avergüenza decir cuántas sigo exactamente). Ya os comenté en mi primera entrada que era un poco el monotema con mis compañeras de piso. De hecho, como dice la madre de una de nosotras, éramos felices ahí porque nos creíamos que vivíamos en un “Friends” real y constante. Desarrollamos la teoría de que todas las situaciones de la vida se podían comparar con un momento de Friends si conocías la serie lo suficiente. Era muy típico oír eso de “joe pues eso se parece un montón al capítulo de Friends en el que…”.

Nunca fui una seguidora de esas que lo veía siempre que lo echasen en la tele y se sabía los diálogos de memoria. De hecho el primer capítulo que vi fue el último. Se creó tanto bombo con su estreno que pensé que tenía que verlo aunque no me enterase de nada para poder comentarlo con mis amigos al día siguiente en el colegio. Pura presión social, lo sé. Eso fue en el 2004.

Estoy empezando a sentirme vieja. Un poco. Bueno, no. Bastante. Va a hacer diez años de eso dentro de nada. Un segundo que voy a respirar hondo para que no cunda el pánico.

Ya está. Sigamos.

No fue hasta los diecinueve que decidí verla entera. Así que ese verano, cuando estaba encerrada en aislamiento social gracias a esas vacaciones tan poco típicas que mis padres solían elegir, vi las diez temporadas en tiempo record. Un capítulo detrás de otro. De noche y de día. En el sofá. En la cama. En la terraza. En la ducha. Bueno ese último no pero casi casi. Me reí mucho. Me caían todos genial. Quería vivir en esa serie. Es un poco triste pero lo admito. En mi defensa diré que influía bastante el hecho de no haber hablado con alguien de mi edad en semanas.

Lo que más me gustó de esa serie no fueron los líos de Rachel, el “frikismo” de Ross, la rareza de Phoebe, las manías de Monica o las obsesiones de Joey, sino lo que aprendí de ella. Aquí entra en acción mi personalidad obsesiva-compulsiva con el orden: he hecho una lista que lleva el mismo título que este post.

No voy a decir que aprendí el valor de la amistad y de la vida y ese tipo de chorradas. Yo aprendí pequeñas cosas que hacen que mi día a día sea un poco más fácil. Algunas son obvias para algunos, otras no tanto para mí. Cada uno es como es. Por lo menos siempre me querrá mi madre.

1)      En momentos de euforia y competitividad, juégate lo que quieras menos tu casa. La perderás fijo.

2)      No te pongas prendas o accesorios demasiado innovadores. Es muy difícil que salga bien. Casi imposible diría yo.

3)      Ponerse moreno falso es sólo para expertos así que no lo intentes nunca. O acabas igual de blanco, dejándote una pasta, o parece que te han untado chocolate por todo el cuerpo. Ninguna de las dos opciones es deseable.

4)      Si las mujeres queremos saber algo, lo acabaremos sabiendo sea como sea. Por las buenas o por las malas. (A partir del minuto 4)

5)      No dejes que tu amiga te corte el pelo y menos imitando el corte de otra persona, por mucho que os apreciéis . En el mejor de los casos te parecerás a esto:

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En el peor de los casos no querrás salir de tu casa en meses. Eso es mucho tiempo, créeme.

6)      La comida jamás se desperdicia y mucho menos se comparte. Punto pelota.

7)      Me acabo de dar cuenta de que estoy poniendo demasiados puntos en negativo así que cambio de estrategia. Chandler Bing es el mejor personaje de la historia. Es un geniodelosquenuncaseencuentranenlavidarealyporesoestodavíamásgenial. Hay tantos momentos que no sé elegir, buscad en YouTube que cualquiera es excelente.

8)      Dedícate a lo que más te gusta. Es una de las cosas que más me gustan de los personajes de la serie. Actor, cocinera, paleontólogo, masajista…

9)      A partir de cierta edad, los disfraces de animal deberían estar prohibidos. No les gustan ni a los niños.

10)      La gente demasiado guapa no es de fiar nunca.

11)      Siempre va a haber alguien que suelte la broma mala. Si no, no es un buen grupo de amigos.

Hoy no me apetece hacer un número redondo. Living on the fucking edge.

-Z.

Amores de verano

El verano es una época de reencuentros. Nos vamos haciendo mayores y cada uno sigue su camino, no necesariamente unido al de nuestros amigos de la infancia. Vamos conociendo a nuevas personas,  y olvidando relaciones que nos importaron en otro tiempo. 

Pero llega verano, nos vamos a la playa y nos volvemos a encontrar con cantidad de gente que no vemos desde el verano pasado, y entre toda esa gente siempre hay algún ligue de esos que fueron mucho pero nunca llegaron a ser nada.

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Le vemos, le saludamos, y siempre cae el típico “qué ilusión verte”. Empiezas a hablar de que haces ahora y ponerte un poco al día. La conversación se alarga y te pides otra copa (ésta jugara en tu contra después).

Cuando ya nos hemos puesto más o menos al día, empezamos recordar el pasado, y del pasado claro está que se resalta cuando ligabamos. Ahí viene el peligro. Pedimos otra copa y ya empezamos a estar contentitos. Hablamos más de la cuenta y él empieza a alabar el tiempo que pasasteis juntos con cualquiera de las siguientes frases, normalmente utilizando más de una.

–       Que bien nos lo pasábamos juntos

–       Que pena que no pasara nada al final

–       No me lo he pasado con ninguna tía como contigo

Ahí nos debería de saltar una alarma por dentro, CUIDADO, estás entrando en zona de peligro. Pero no, somos tan tontas que estamos encantadas escuchando eso, empezamos a creer lo que nos dice, y para nuestra desilusión no lo suelen pensar.

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Entonces sigue la conversación, 

–       No me hiciste caso

–       Ligaste con otro…

 Cualquier frase así que te hace pensar que la culpable de que no pasase nada eres tú, y que lo tienes todo en tu mano para ligar con él. Pero no, probablemente él pasase de ti y haya tenido varias novias después, incluso lo peor de todo es que muchas veces estas situaciones se dan con tíos que tienen novia. En ese caso continúa explicándote de cualquier manera que su novia es temporal y tú la mujer de su vida.

 –       Yo me voy a casar contigo y lo sabes.

Así o formulando la frase de otra manera, pero siempre acaban “declarando su amor” y proponiendo un final feliz.

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Para entonces ya llevamos demasiadas copas para hacernos las duras, y empiezas a creerte todo lo que te dice, en tu cabeza solo aparecen imágenes de cómo “va a ser” vuestra relación y te crees que tendrás algo serio con él.

Te lleva a casa, te da un beso y después te manda un mensaje.

“Me lo he pasado fenomenal contigo. Que descanses” O cualquier cosas que se le parezca.

Al día siguiente tú no pararas de pensar en él y a lo mejor se repite la historia, pero lo más seguro es que no llegue a nada más.

 Se acabará el verano y cada uno volveréis por donde habéis ido, olvidándoos de el otro hasta la próxima vez que os encontréis.

– A.