De tus manos

“No leemos y escribimos porque sea tierno, escribimos y leemos poesía porque somos miembros de la humanidad, y la humanidad rebosa pasión, la medicina, leyes, administración, ingenierías son muy nobles y necesarias para sostener la vida, pero la poesía, belleza, romance, amor es por eso que vivimos.”

– El club de los poetas muertos

La verdad que nunca entendí a los que se deshacían por un brillo especial de ojos, por unos labios anónimos o por la dulzura de ciertos tonos de voz. Nunca comprendí a los que se enamoraban a primera vista de una melena descontrolada, de algunos andares callejeros o de sonrisas torcidas. No vi del todo como alguien se podía enamorar de tan solo un aspecto físico de otra persona y además de manera instantánea. Tenía una amiga que analizaba las espaldas y hombros de los chicos como si se tratase de una cuestión matemática que requería el mayor rigor científico. Las tenía más estudiadas que el teorema de Pitágoras y había creado hasta clasificaciones después de unos análisis pormenorizados sin fallo alguno. Un primo mío también me contó que se había enamorado de una chica por su nariz. Que tenía la nariz más perfecta que había visto en sus escasos años de vida, me repetía. A mí me parecía como de ciencia ficción.

Todos tenían algún tipo u otro de fijación, una característica concreta que, en caso de encontrarla en su estado de perfección, eran capaces de olvidarse hasta de su propio nombre y en qué planeta estaban, si hacía falta. Y yo seguía sin comprenderlo.

Luego llegaste tú y fue cuando realmente entendí a lo que se referían. Y es que en mi caso me enamoré de tus manos.

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Porque fueron tus manos las que tocaron mis hombros durante una milésima de segundo al saludarnos la primera vez que quedamos y que, a pesar de la brevedad del instante y por el frío llevar puestas siete capas, noté las trazas de tu tacto como si hubiesen sido lentas y claras sobre mi piel. Fue la primera vez que me tocaste y eso es algo que jamás olvidaré. Creo que si realmente me fijo, veré que siguen las marcas de tus dedos ahí, tatuadas, permanentes.

Fue tu mano derecha la que agarró la mía izquierda desafiante esa noche bajo las farolas escondidos entre la niebla. Encajaba perfectamente con la mía y dibujabas círculos lentos con el pulgar. Sentí más vivo que nunca el dorso de mi mano, cada vena, cada pulsación, cada pelo que se ponía de punta, como si fuese fuego y a mí no me importase arder para siempre.

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Fueron tus manos las que me agarraron la cabeza y se mezclaron hasta derretirse con mi pelo la primera vez que nos tuvimos cerca, reduciendo el poco espacio que ya había de por sí a escasos milímetros. Y digo milímetros porque no conozco medida más pequeña. Aquella vez que sentí que iba a explotar por dentro y que mi cabeza se mareaba de la felicidad. Aquella vez.

Y es que fue tu mano la que se quedó inmóvil, encima de mi tripa cuando nos quedamos dormidos en el sofá después de ver “La vida es bella” por décima vez y engullir helado hasta que nos doliese la garganta. Recuerdo pensar que quería que tú me dedicases un “buenos días” al más puro estilo Benigni todas las mañanas para el resto de mi vida, gritándolo a voz en cuello con tu sonrisa. Me gusta verte sonreír.

Fueron esos dedos tuyos los que jugaron con mi pelo el día que decidimos perdernos por un parque de Madrid. Yo no quería que parases. Habría andado para siempre por ese césped si supiese que a cambio jamás dejarías de enredarme. Te admitiré que fue en este preciso momento cuando de verdad supe que estaba enganchada y que no había vuelta atrás.

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Tus manos fueron las que, con un gesto de despreocupación, me enseñaron que a veces en la vida es necesario lo supérfluo. Que sino la carga se hace demasiado grande. Que hay momentos en los que hay que reír a carcajada limpia aunque toque llorar. Que hay que hacer un poco más el tonto y un poco menos el serio.

Fueron ellas las que me abrazaron cuando más asustada estaba al ver que empezaba una nueva etapa muy grande en mi vida, y que me sentía perdida y muerta de miedo. Tenía esa sensación de no saber ni por donde empezar y tú me diste la dósis de paz que necesitaba. Tu mano me señaló el camino adecuado y la verdad es que diste en el blanco de la diana.
Y ahí comprendí por fin a todos los demás.

Que tus manos fueron siempre lo único que importaron porque son las que me ofrecen un mundo nuevo que sólo quiero conocer contigo.

– Z

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