Por un arrebato de sinceridad

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Por ti y por mí. Por el pasado inevitable y por el futuro ineludible. Por saber siempre por dónde van los tiros. Por lo nuestro, que espero que algún día sea más grande que todo lo demás. Y, si no es así, que al menos sirva para escribir una buena historia. Por eso de irte sin aviso y volver sin anunciarte. Por tus mil maneras de mentir y mis cien formas de pillarte. Por las noches sin dormir y los días sin respirar. Por nuestros juegos sin fin, mezclando partidas, y al final sin saber si íbamos o veníamos. Por dejar que pase lo que tenga que pasar. Por quedarnos con la vista en el cielo y olvidarnos de los pies en la tierra. Por tu manera de hacer que las pequeñas cosas lo sean todo. Y por que cuando te dispones a hacer algo grande, lo haces con todas sus letras.

Por perseguirme infinitamente hasta mi portal. Por escaparme todas las noches por la ventana de tu casa. Por las tardes sin bajar del autobús intentando rascar al día unas horas más y por todos esos restaurantes que no probaremos. Por los viajes clandestinos en moto. Por los fines de semana de incógnito por media geografía europea. Por echar la vista atrás y concluir que fui yo la cobarde. Por tener la jodida razón. Por ese  tortazo que te di. Por ese beso que me devolviste. Por cada copa de más y cada café de menos. Por ser más que un sábado por la noche y cualquier abrazo frío. Por darme la mano cuando más lo necesité. Por no poder echarnos nada en cara. Por tus advertencias ignoradas y súplicas enmascaradas. Por mis gritos al vacío y carreras tropezadas. Por aquella mañana de desayuno de tres horas convertido en comida. Y por aquella tarde cortada en un banco.

Por los días que no confías en mí, te diré que estás en lo correcto. Por jugártela. Por mis gritos de “ven sin hacer ruido”. Por todas las cartas escritas que espero que estén perdidas. Por todas las veces que no contestaste. Por los recuerdos resucitados cada vez que pienso en ti. Por catapultarme hacia algo mejor. Por esa canción, sabes a cual me refiero, I fell into a burnin’ ring of fire. Por los pelos de punta, los ojos al cielo y los latidos acelerados. Los repetiría una vez más. Por cada tiro a quemarropa que te merecías. Por cada tiro a bocajarro que me busqué. Por no leer todo lo que escribo (y esta vez no hagas una excepción). Por todos los intentos de despedida y todos los secretos guardados. Por tu carcajada quebrada y tu mirada revuelta. Por mis vestidos negros y tu forma de quitármelos. Por las veces que te hago elegir. Y, sobre todo, por tus elecciones.

Por cómo lo dejas, en presente. Por la manera en la que te rindes, hecho y derecho, que hasta en eso tengo que reconocer que tienes elegancia. Por la persona en la que creo que te has convertido después de todo este tiempo. Por poner un mar de por medio y contarlo en centímetros. Y sobre todo por saber ser el más fuerte de los dos.

Por todo eso y por muchas cosas que no confesaré jamás, de una forma un tanto inexplicable, quiero decirte que siempre me tendrás.

– Z

Fotografía: Anna Karina y Jean-Luc Godard

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Para los de fuera

Es domingo, hace frio y llueve… Es en momentos como estos, en los que estando sola en casa me pregunto si de verdad ha merecido la pena aceptar este trabajo, que me encanta, pero que me hizo dejarlo todo, hacer las maletas y emigrar…

Durante estos meses todo lo que he escuchado han sido felicitaciones por mi nuevo trabajo y haciendo referencia a la suerte que tengo de poder irme a vivir fuera de España, de conocer otro país, otra cultura y como no, de la oportunidad tan buena que es para aprender otro idioma. Supongo que los que no han tenido que irse no entienden que no es tan fácil y que no todo es de un camino de rosas cuando te vas fuera. Que hay que liarse la manta a la cabeza y salir, salir sin mirar atrás para no volver antes de tiempo.

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Por supuesto que haberme ido a vivir fuera de España es una gran oportunidad, y que gracias a esto he podido conocer a muchísima gente nueva. Que además no es sólo en el ámbito personal. Que esta experiencia me va a servir para desarrollarme profesionalmente y que no puedo estar más contenta en mi trabajo. Que ahora he podido comprobar que trabajar en una empresa en la que se preocupen de sus empleados no es una Utopía, que hay jefes profesionalmente muy exitosos pero que siguen teniendo los pies en la tierra y un trato humano que ya me gustaría a mí tener.

No podría nunca quejarme de la gastronomía de este país, mundialmente conocido por sus grandes cocineros, sus quesos, croissants. Por sus vinos y sus terrazas… Y nunca, nunca, podría negar lo bonita que es esta ciudad. Pero para ser sincera hay demasiadas cosas que echo de menos, y estoy segura que aquellos que vivan fuera me entenderán.

Echo de menos poder llamar a mis amigas y tomarme algo con ellas un día cualquiera. Que sí, que aquí también puedo hacerlo, pero que cambiar de amigos cada seis meses porque todo el mundo es temporal no mola tanto. Y que a mí me gustan mis amigas, ellas, las de siempre y a las que echo de menos.

Echo de menos tener un bar al que ir y poder pasarme todo la tarde con mis amigas entre vinos y risas. Echo de menos poder salir a comer y tener una sobre mesa en condiciones, sin que me echen del restaurante. Y echo tremendamente de menos las comidas que se convierten en cenas, los líos de por la tarde, los sábados que empiezan y no se saben cuándo acaban…

Lamento no poder estar en las cenas importantes, no haber podido conocer la casa de María, y ver cómo ha empezado su nueva vida con su marido. Aunque reconozco que me alegro tremendamente de la evolución de la tecnología y me encantó poder estar en la cena de inauguración aunque fuese a través de un iPad. Pero ahí estaba yo, en medio de la mesa participando en la conversación como una más y enterándome de como mi amiga nos iba contando detalladamente su viaje de novios.

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Hubiera pagado por estar el día que Blanca anunció que se casaba… Las despedidas de soltera empiezan a complicarse, y ya he tenido que decir que no a más de una, y me  muero de rabia cada vez que tengo que decir que no puedo ir a un plan importante porque estoy aquí, porque ya no vivo en Madrid y tengo que asumir que no se puede estar en todos lados.
Y Sé que estoy sólo a dos horas de avión, pero lo que no sabía es lo cansado que es estar todo el día viajando.

Y todavía no me creo que me vaya a perder la Semana Santa y la feria… Cualquiera del sur supongo que me entenderá. Creo que todavía no lo tengo asumido, pero que esas semanas tendré que desconectarme de las redes sociales sino quiero que se convierta en una tortura…

Echo de menos las reuniones del “Consejo de sabias” y saber que si había alguna urgencia se montaba una cena en un minuto para deliberar sobre cualquier tema que preocupase a uno de los miembros. Que aunque vayamos a hacer un fin de semana de convivencia y hayamos buscado la fecha con 3 meses de antelación, eso no puede sustituir el día a día…

Hay días como hoy, en los que echo de menos poder estar en el sofá de casa, con la camilla encendida y viendo pelis sin salir del salón en todo el día. Pelearme con mis hermanos porque no cabemos los tres tumbados en el sofá, y saber que será el pequeño, el más bueno, el que ceda y nos deje a los otros tumbados.

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Y como no, echo de menos los juernes por Madrid, saber que al acabar el trabajo tendré varios planes distintos, plantearme ir a todos pero acabar siempre en el mismo bar. Echo de menos a mis compañeras de salidas por la noche con las que me tomaba una (o muchas) copas y con las que me lo he pasado los últimos años como nunca!

No puedo dejar de decir que tener a mi familia lejos no siempre es fácil y que aunque exista Skype y pueda coger un avión y en dos horas y media estar en casa, les echo de menos, y que hay días en los que llego a casa después de un día intenso de trabajo y lo que me gustaría es encontrarme a mis padres y cenar en familia, como siempre hemos hecho.

Y además de todo esto, te echo de menos a ti.

-A.