A dos centímetros

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El uno de enero de cada año, todo el mundo promete y repromete cincuenta veces aquello que va a conquistar en los 365 días que vienen. En la mayoría de los casos, promesas efímeras que rebotan del primer día de un año al siguiente, según mi opinión y experiencia.

Es una tradición que nunca he entendido bien del todo. Soy más de analizar el año anterior y no intentar predecir minuciosamente el próximo porque no creo en eso del borrón y cuenta nueva. Mi cuenta vieja, por bonita o fea que sea, me hace lo que soy hoy y eso, señores, me gusta. Y mucho.

Saboreo qué es lo que he aprendido durante los últimos doces meses para afrontar la avalancha de lo nuevo, porque todos tenemos nuestro equipaje que, aunque tiene matices de pasados rotos y a veces viene acompañado de sabores amargos, es lo que nos prepara para el futuro. El truco para mí está en querer a mi manera esas lecciones que me ha dado el año e irlas metiendo en mi maleta, cada vez un poco más desgastada, no como peso de castigo, sino de aprendizaje.

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Diría que una de las lecciones más importantes de este año ha sido aprender que no todos los espacios en blanco están ahí para ser rellenados. Que a veces nos empeñamos y con frecuencia no tiene que ser. Y eso, para mi cabeza cuadriculada tirando hacia el extremo germano, ha sido una sorpresa algo difícil de asimilar.

Otra sorpresa que me ha traído el año es la demostración de que hay sueños que sí se cumplen, si uno sabe esperarlos con la paciencia adecuada. Ha llegado nuestro momento, y reúne todos los ingredientes básicos en los que siempre he creído: confianza, respeto y un poco de locura de vez en cuando, que nunca viene mal. Y sobretodo saber que esos dos brazos serán mi refugio permanente, hace que dé gracias todos los días.

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He aprendido que como mejor se vive es a dos centímetros de la realidad, que nunca hay que tomarse la cosas muy a pecho y que hay que saber distanciarse cuando el momento lo requiere. Aprender a mantener la cabeza fría para saber lo que realmente quiero es una de mis lecciones más importantes. Que está claro que no se puede ser agua, y que no podemos expandirnos para cubrir todo porque al final perdemos nuestra esencia. Lo que te hace a ti tú, y lo que me hace a mí yo.

Resulta también que el tiempo tiene un carácter descaradamente impresentable y siempre engaña: se pierde demasiado rápido y es imposible de recuperar. Y que existe una diferencia muy grande entre perder el tiempo o perder el tiempo contigo.

Una nueva sorpresa ha sido el cambio de estilo de vida, en todos los sentidos, al hacer más caso al corazón que a la razón. Suena muy fácil decirlo pero no lo es llevarlo a cabo. Levantarte todos los días y pensar que si has tomado la decisión adecuada y dudar es jodido, pero al final todo se acaba encauzando hacia lo mejor.

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Pero definitivamente he llegado a la conclusión de que la mejor sorpresa es ya. Ahora. Hoy mismo. No eso que pasó hace un segundo imposible de recuperar y a lo que damos demasiadas vueltas, sino lo que pasará dentro de unas milésimas y hay que agarrar.

Sin ser ninguna novedad, como todos los años, la gente sorprende para bien o para mal. Alguno que pensabas que era inamovible, resulta que lo es. Alguno que pensabas que era movible, resulta que no lo es. La cuestión está en aceptar el cambio, siempre después de haber luchado por ello, y así podrás dormir un poco mejor. A mí sinceramente me tiene que sonar el despertador ocho veces hasta que consigo despegar pestañas.

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Que como siempre me quedo con lo mejor de lo vivido.

Que eso de andar en círculos no me gusta porque acabas donde empezaste.

Que a veces es mejor dejar que las cosas suenen a derrota, porque al menos despegaste los pies del suelo.

Que hay cosas que saben a cielo pero hay que dejarlas ir porque duelen como un infierno.

Y que sobretodo, los imposibles no existen, solo depende de cómo enfoques el problema, y más importante aún, la solución.

– Z

Fotografías: La Cool & Chic, ARDW, Sadillite, Summer Wind, Anónimo

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El año cero

Siempre tendemos a acordarnos de los errores, de lo que se nos escurrió entre los dedos y de las malas inversiones en el terreno de los sentimientos. Somos así de pesimistas. O realistas. Llámalo X. Sin embargo, a pesar de todo ello, he descubierto que, si haces un repaso y un poco de reflexión, verás que no todo ha sido tan negro como la memoria te hace creer. Que de toda experiencia, positiva o negativa, se saca algo que te ayuda a evolucionar y convertirte en mejor persona, y más importante aún, te da los datos necesarios para no volver a tropezar con la misma piedra. Luego ya si volvemos a tropezar es porque queremos pero no porque no sepamos. El mérito no está en sobrevivir a las consecuencias de las decisiones tomadas, sino en encontrar por qué sucedió. Porque sí, siempre se puede mejorar. Porque no, jamás será suficiente.

2013 ha sido un año muy importante, de los que no pasan al olvido, por numerosísimas razones. Ya soy un poco menos pesimista: ha acabado mejor de lo que esperaba. Todas las decisiones que tomamos son caminos que nos llevan a nuestro destino. El problema es que a veces no nos gustan tramos del trayecto y hasta que no llegamos al final, no nos damos cuenta de lo necesario que era pasar por ellos. No niego que haya habido tropiezos por el camino, algunos pequeños y otros no tan pequeños, pero de todos he aprendido cómo funcionan las reglas del juego.

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En 2013 aprendí lo fácil que es que el tablero dé la vuelta. Que el suelo que hay bajo tus pies desaparezca. Ahora estoy, ahora no me apetece y no estoy. Hay personas para las que es muy fácil y conveniente quitarse los problemas, ignorándolos y desterrándolos, en vez de intentar arreglarlos. El que no sea luchador jamás llegará a ninguna parte y eso, para mí, es una verdad absoluta.

En 2013 aprendí a dar gracias de verdad por todo lo que tengo. Me fui de viaje al lugar más pobre que he pisado en la vida y la experiencia me trastocó. Pienso repetir. Me parece un error acomodarse y dar todo lo que tenemos a nuestro alrededor por hecho, como si tuviésemos más derecho que otros a tenerlo.

En 2013 descubrí una parte de mí misma que no conocía. Parece mentira pero hasta que no surgen ciertas situaciones, no sabemos de lo que somos capaces. Y las más importantes son aquellas que hacen tambalear tus cimientos, tus creencias y valores básicos, y así veas todo de una forma totalmente distinta. Nunca dejamos de sorprendernos a nosotros mismos. Nunca dejamos de conocernos.

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2013 fue el año que empecé a escribir. Y esto lo marco como uno de los mayores logros. Siempre me preocupaba porque sentía que no había nada a lo que pudiese dedicar horas sin notar el paso del tiempo. Por fin encontré algo que me llena como nada. Surgió como lo hacen las cosas duraderas, poco a poco, sin avisar, hasta que te das cuenta que no puedes vivir sin ello. Escribir es terapia personal y gratuita. Solucionas los problemas que tienes contigo mismo. A veces necesitas ver plasmado en una hoja algo que te ha estado rondando la cabeza durante días para darte cuenta de la importancia real que tiene.

2013 fue el año que me empecé a cuidar de verdad. Me quise más. Dediqué menos tiempo y esfuerzo a los que no lo merecían. Me ha costado 22 años. Dejé de fumar y empecé a hacer deporte. Empecé a valorar más los pequeños detalles duraderos que los grandes gestos pasajeros. Di más importancia a los que están en mi día a día y no a los que aparecen cuando les conviene.

2013 fue el año en el que me despedí de todas las ilusiones irreales que había tenido hasta entonces. Los castillos en el aire se derrumbaron y, no lo negaré, fue duro. Pero lo bueno es que dieron pie a que se construyesen muros, fortalezas, sobre suelo firme e inquebrantable. La tranquilidad que siento desde entonces es indescriptible. Solemos pensar que estamos programados para ir en una dirección con el piloto automático encendido hasta que un día cualquiera se presenta un desvío y decidimos probar eso de la conducción manual.

2013 fue el año del cambio radical. De las idas y venidas. De cambiar de país y de estilo de vida. De dejar de considerar a algunas personas esenciales y empezar a pensar que otras son un tanto imprescindibles. De distinguir el amor sólido del líquido. De aprender que no es oro todo lo que reluce. De decir “adioses” que ya venían con mucho retraso y encontrarte con “holas”  inesperados. Conseguí lo que propuse a principios de año: hacer borrón y cuenta nueva. Esta vez de verdad, y me siento capaz de decir que estoy preparada para cualquier cosa.

En 2013 aprendí a ser un poco menos egoísta. Muchas veces lo que te conviene a ti, no es lo mejor para el de al lado. Suena bonito en la teoría pero en la práctica es jodido. Supe tomar una decisión importante poniendo a terceras personas antes que mi bienestar. No soy perfecta ni deseo serlo, pero saber que fui capaz de tomar esa decisión y no mirar atrás, me enorgullece y hace que pueda dormir un poco mejor por las noches.

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2013 fue el año en el que aprendí que estaba equivocada. Creía que la felicidad se encontraba cuando conseguías que todos los problemas e imperfecciones desapareciesen. Error fatal. Ser realmente feliz es saber vivir bien a pesar de los problemas y no sentir la necesidad de arreglar absolutamente todo.

Ese fue mi 2013. Con lo bueno y lo malo, al desnudo.

2014 es una hoja en blanco pidiendo a gritos que escriban sobre ella una nueva historia. Una nueva etapa. El año cero.

Y promete. Promete mucho.

Feliz año a todos.

In the end, it’s not the years in your life that count. It’s the life in your years.

– A. Lincoln

– Z

Fotos de mi gran amiga María Jiménez