Esas conversaciones

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Me quedo con esas conversaciones de mañana o de tarde. O de madrugada. Esas de celebración en las que alguien importante te cuenta que ha llegado a su meta. Esas en las que deseas, con el tiempo, deseas haberte tragado todas tus palabras. Y las terapéuticas de después que tienes con tu amiga y un café, en las que consigues que las penas sean menos graves. Esas de ascensor, que siempre pueden significar algo más, o no. Esas que solo tienes con tu madre, con mucho cariño en la cocina un domingo en las que te transmite lecciones que recordarás el resto de tu vida. Esas difíciles que tienes contigo misma, que más que conversaciones son gritos unilaterales, y nadie más que tú y tu conciencia oís. Esas que también susurras para que no se oigan, por miedo a que se cumplan las sospechas o se rompan las ilusiones. Esas formales de comida de trabajo con una sonrisa algo forzada. Esas trascendentales que pueden durar dos minutos pero te dejan una marca muy honda.

Me quedo con esas conversaciones en silencio, solo a base de miradas, que transmiten más que cualquier otra. Esas grandes, que dan mucho miedo, pero del bueno, en las que decides qué va a ser de ti en los próximos dos años. Esas en las que te aconseja tu padre y te resuelve el problema de una semana en un minuto. Esas en las que te das cuenta que no hay vuelta atrás. Esas complejas que cruzas con un extraño por la calle y le aguantas la mirada un segundo de más. Esas en las que te das cuenta que te puedes comer el mundo, y esas en las que piensas que eres solo una más. Esas hablando por teléfono a escondidas con tu novio de la adolescencia hasta la madrugada. Esas descontroladas, en las que no aplican los filtros, y te muestras en tu más pura esencia. Esas con los amigos de siempre que te recuerdan tus manías de pequeño.

Me quedo con esas conversaciones que hacen que dejes de ver a tu hermana pequeña como un estorbo y que empiece a ser tu mayor confidente. Esas conversaciones en las que un conocido se convierte en tu amigo. Esas que te llegan al alma. Esas en las que te haces la loca, la despistada, en las que tienes que disimular. Esas en las que te metes en tu mundo genial y, durante un rato, todo es un poco menos difícil. Esas en las que te toca decir triunfante “te lo dije” y esas en las que toca aprender la lección. Esas peligrosas después de haberte tomado unas copas y haber aceptado la invitación a un paseo. Esas en las que juegas con fuego.

Me quedo con esas conversaciones de verano, de invierno, de otoño y de primavera, porque todas son distintas según la estación. Esas con un antes y un después. Esos monólogos que tienes con tu perro. Esas que vienen premeditadas y llevas mucho tiempo esperándolas. Esas en las que funcionan por medio de canciones. Esas de concierto. Esas de cine. Esas de rutina que, cuando ya no están, las echas de menos. Esas que has ensayado mil y una veces para que luego, cuando llega el momento, ni te acuerdes del guión.

Me quedo con esas conversaciones de hace dos años y también con la de esta mañana contigo. Esas conversaciones que tenemos entre nosotros para nadie más. Esas en las que vemos que lo nuestro no son las despedidas. Esas en las que sellamos nuestro futuro. Esas que tenemos con los demás para celebrar nuestra decisión.

Me quedo con ese millón de conversaciones y unas cuantas más porque hiladas, una a una, realmente son una sola historia para contar que nunca acaba.

– Z

Fotografías: Anónimo

Sobre cómo llegar a la destrucción

¿Cómo decirte que no otra vez?

Que ya no lo intentes más. Que es inútil.

Que después de haber hecho el esfuerzo tantas veces, es absurdo seguir intentándolo en vano.

Te conozco y sé que te auto convences, montándote películas muy alejadas de la realidad, buscando señales del destino que nunca han existido, y luego vienes, me las cuentas y te enfadas cuando te digo lo de siempre. No es lo que quieres oír pero yo te muestro la verdad. Siempre lo he hecho, siempre lo haré.

Que ya no lo intentes más. Que es inútil.

Llevas así dos años y siempre obtienes una negativa por respuesta. Es hora de replantearse las cosas. Según va pasando el tiempo, aumenta de forma exponencial el grado de desesperación de tus intentos y lo que te hundes tras cada fracaso. Y a mí me duele más. Porque si ya me cuesta ver sufrir a la gente, a los que quiero ni te imaginas.

Me encantaría poder ser tu escudo pero, ¿cómo hacerlo cuando la persona de la que te tengo proteger eres tú mismo? La única persona que conseguirá que te destruyas, no es ella, no, eres tú.

No hay peor ciego que el que no quiere ver. Y no es que estés sordo, sino que te has puesto la música de fondo que te gusta y omites todo lo demás.

Que ya no lo intentes más. Que es inútil.

1

Una retirada a tiempo es una victoria. Lo tuyo ya se ha pasado de rosca treinta (y una) veces pero mejor tarde que nunca. Deja de defenderla, ella sabe lo que sucede. Lo ha sabido desde el minuto cero. No es que se esté haciendo la dura como a ti te gusta pensar.

Ella no sabe lo que es que vengas todos los sábados, preguntando si entre copa y copa me ha confesado algo de ti, con tanta expectación, que yo te conteste el omnipresente “no” y te pases disgustado el resto del día, semana o mes.

Ella no sabe lo que es verte casi temblar de emoción cuando crees que te ha escrito y la cara descompuesta que se te queda cuando es cualquier otro. Pero eso no es lo peor. Lo peor es cuando la excusas diciendo “sé que lo acabará haciendo”. Y para variar nunca lo hace. Ni lo hará.

Ella no sabe lo que es ver cómo cambia la expresión de tu cara cuando alguien la nombra, aunque sea mínimamente, en una conversación. Ella no ve como te ilusionas al obtener un poco más de información de su vida y como la almacenas, atesorándola.

Lo he intentado todo contigo. Te he consolado. Te he escuchado. Te he mimado. Cuando vi que eso no funcionaba, hice que te chocases contra el muro de la realidad. Llegué a ser cruel cuando te contaba cómo veía las cosas. Pero nunca me hiciste caso.

Dices que estás enamorado de una gran persona, pero esa misma no hace otra cosa que  aprovecharse de la situación.

2

Amigo mío, no sé qué decir ni qué hacer para que vuelvas a ser feliz. Ojalá pudiese yo escribir tu historia y regalarte la tranquilidad. Ojalá pudiese firmar para ti una victoria aplastante en esta batalla. Ojalá este enésimo intento mío por fin te lo haga ver.

Que esto te haga ver que eres la mejor persona que conozco. La más generosa. La más buena. La más todo. El hecho de que ella no vea esto es sólo una prueba más de su estupidez.

Que esto te haga ver que cuando a alguien tan genial como tú no le corresponden, no es por ti, es que ella tiene algún tipo de ignorancia crónica.

Que esto te haga ver que hay otras posibilidades, que no te ates a algo que no te quiere ni de lejos.

Que deja de tener mérito eso de caer y levantarse cuando es la vigésima vez que te han puesto la zancadilla y además a conciencia.

Que a veces pensamos que no hay luz al final del túnel y todo lo de nuestro alrededor está roto, hecho pedacitos. Y cómo no, nos ponemos a arreglarlo con mucho mimo, sin parar a mirarnos en el espejo y ver que lo que realmente necesita un arreglo urgente somos nosotros mismos.

Ya no lo intentes más. Es inútil.

-Z.