No hay segundas vueltas

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Todos conocemos el gran secreto pero muy pocos lo llegan a interiorizar: escucharte a ti mismo es la clave para dormir por las noches. Además, nacemos con la mejor máquina de consejos a prueba de errores instalada en nuestra cabeza, gratis y con licencia ilimitada, y nos empeñamos en callarla. Dejamos que el sexto sentido, el más útil de todos, que siempre va tres pasos por delante, coja polvo. Nos mandamos a nosotros mismos mensajes subliminales de alerta y los ignoramos. Dejamos que nos dejen de lado y nos dejamos a nosotros mismos por el camino. Permitimos lo impermisible. Y es que, en frío, todo esto me resulta inalcanzable.

Así que utilizo unas palabras reivindicativas para gritar a todos los que estén en duda que paren dos segundos, más no se necesitan, y escuchen a esa voz porque te puede cambiar la vida.

Hendrix

Que nadie es mejor ni más grande que tú. Que todos somos una obra de arte y el arte se crea para ser expuesto. Que se note que ahí habéis llegado tú y tus maneras y nada ni nadie podrá contigo. Pero nunca te olvides que la grandeza se mide también con cómo de grande eres con los demás.

Que en el fondo tienes la respuesta que siempre has querido tener. Está dentro de ti. No importa la edad que tengas que tu conciencia siempre tendrá sus dosis de sabiduría.

Que no nacemos con un manual que detalle a la perfección el método a seguir para no dejar el amor propio en el cajón del olvido pero podemos aprender la técnica. Que hay que saber decir “no”, que a veces es mucho más importante que decir “sí”.

Que las cosas tienen que fluir y ser sencillas y, si no lo son, no merecen la pena. Regla básica: si no es fácil, no tiene que ser. Pocas excepciones hay.

Que hay circunstancias en la vida que toca ponerse a uno mismo por delante, por egoísta y mal que suene. Es así, y es por ti y por tus compañeros. El arte de saber querer a los que te rodean es poder identificar esas situaciones.

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Que el sexto sentido hay que explotarlo. Tiene que dejar de ser el espejo de lo que sabemos y no nos permitimos creer y convertirse en nuestro guía. Ten paciencia que el tiempo es una máquina de dar la razón de manera incansable.

Que cuando salta la alarma, no hay que ponerse los cascos con cancelación de sonido. Es tentador hacerse el sordo pero llegará el día en el que ruido sea tan fuerte que nada lo bloqueará. No dejes que llegue ese día.

Que hay que ser fiel a los valores y nunca, nunca, nunca hay que cambiar por otro. Una persona tiene que tener personalidad, la propia palabra lo implica. Punto. Si has sido creado como único e irremplazable, ¿por qué ir en contra de la propia naturaleza?

Que nunca hay que dejar de lado cierta racionalidad. Que la cercanía es muy bonita pero puede nublar la vista.

Que hay que saber levantarse después de una derrota pero, más importante aún, hay que saber caer, por amargo que sepa. Cuanto antes aprendas mejor porque la vida es una carrera de obstáculos y nunca hay dos sin tres.

Y que la mejor inversión en tiempo es dedicártelo a ti mismo haciendo lo que a ti te gusta. Estando solo o acompañado, como más te apetezca. Que tu vida es tuya y no hay segundas vueltas. Aprovéchala, juégatela y, sobre todo, vívela.

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– Z

Fotografías: Anónimo, Anónimo, Georgette Crimson, Anónimo

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Esas conversaciones

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Me quedo con esas conversaciones de mañana o de tarde. O de madrugada. Esas de celebración en las que alguien importante te cuenta que ha llegado a su meta. Esas en las que deseas, con el tiempo, deseas haberte tragado todas tus palabras. Y las terapéuticas de después que tienes con tu amiga y un café, en las que consigues que las penas sean menos graves. Esas de ascensor, que siempre pueden significar algo más, o no. Esas que solo tienes con tu madre, con mucho cariño en la cocina un domingo en las que te transmite lecciones que recordarás el resto de tu vida. Esas difíciles que tienes contigo misma, que más que conversaciones son gritos unilaterales, y nadie más que tú y tu conciencia oís. Esas que también susurras para que no se oigan, por miedo a que se cumplan las sospechas o se rompan las ilusiones. Esas formales de comida de trabajo con una sonrisa algo forzada. Esas trascendentales que pueden durar dos minutos pero te dejan una marca muy honda.

Me quedo con esas conversaciones en silencio, solo a base de miradas, que transmiten más que cualquier otra. Esas grandes, que dan mucho miedo, pero del bueno, en las que decides qué va a ser de ti en los próximos dos años. Esas en las que te aconseja tu padre y te resuelve el problema de una semana en un minuto. Esas en las que te das cuenta que no hay vuelta atrás. Esas complejas que cruzas con un extraño por la calle y le aguantas la mirada un segundo de más. Esas en las que te das cuenta que te puedes comer el mundo, y esas en las que piensas que eres solo una más. Esas hablando por teléfono a escondidas con tu novio de la adolescencia hasta la madrugada. Esas descontroladas, en las que no aplican los filtros, y te muestras en tu más pura esencia. Esas con los amigos de siempre que te recuerdan tus manías de pequeño.

Me quedo con esas conversaciones que hacen que dejes de ver a tu hermana pequeña como un estorbo y que empiece a ser tu mayor confidente. Esas conversaciones en las que un conocido se convierte en tu amigo. Esas que te llegan al alma. Esas en las que te haces la loca, la despistada, en las que tienes que disimular. Esas en las que te metes en tu mundo genial y, durante un rato, todo es un poco menos difícil. Esas en las que te toca decir triunfante “te lo dije” y esas en las que toca aprender la lección. Esas peligrosas después de haberte tomado unas copas y haber aceptado la invitación a un paseo. Esas en las que juegas con fuego.

Me quedo con esas conversaciones de verano, de invierno, de otoño y de primavera, porque todas son distintas según la estación. Esas con un antes y un después. Esos monólogos que tienes con tu perro. Esas que vienen premeditadas y llevas mucho tiempo esperándolas. Esas en las que funcionan por medio de canciones. Esas de concierto. Esas de cine. Esas de rutina que, cuando ya no están, las echas de menos. Esas que has ensayado mil y una veces para que luego, cuando llega el momento, ni te acuerdes del guión.

Me quedo con esas conversaciones de hace dos años y también con la de esta mañana contigo. Esas conversaciones que tenemos entre nosotros para nadie más. Esas en las que vemos que lo nuestro no son las despedidas. Esas en las que sellamos nuestro futuro. Esas que tenemos con los demás para celebrar nuestra decisión.

Me quedo con ese millón de conversaciones y unas cuantas más porque hiladas, una a una, realmente son una sola historia para contar que nunca acaba.

– Z

Fotografías: Anónimo

El año cero

Siempre tendemos a acordarnos de los errores, de lo que se nos escurrió entre los dedos y de las malas inversiones en el terreno de los sentimientos. Somos así de pesimistas. O realistas. Llámalo X. Sin embargo, a pesar de todo ello, he descubierto que, si haces un repaso y un poco de reflexión, verás que no todo ha sido tan negro como la memoria te hace creer. Que de toda experiencia, positiva o negativa, se saca algo que te ayuda a evolucionar y convertirte en mejor persona, y más importante aún, te da los datos necesarios para no volver a tropezar con la misma piedra. Luego ya si volvemos a tropezar es porque queremos pero no porque no sepamos. El mérito no está en sobrevivir a las consecuencias de las decisiones tomadas, sino en encontrar por qué sucedió. Porque sí, siempre se puede mejorar. Porque no, jamás será suficiente.

2013 ha sido un año muy importante, de los que no pasan al olvido, por numerosísimas razones. Ya soy un poco menos pesimista: ha acabado mejor de lo que esperaba. Todas las decisiones que tomamos son caminos que nos llevan a nuestro destino. El problema es que a veces no nos gustan tramos del trayecto y hasta que no llegamos al final, no nos damos cuenta de lo necesario que era pasar por ellos. No niego que haya habido tropiezos por el camino, algunos pequeños y otros no tan pequeños, pero de todos he aprendido cómo funcionan las reglas del juego.

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En 2013 aprendí lo fácil que es que el tablero dé la vuelta. Que el suelo que hay bajo tus pies desaparezca. Ahora estoy, ahora no me apetece y no estoy. Hay personas para las que es muy fácil y conveniente quitarse los problemas, ignorándolos y desterrándolos, en vez de intentar arreglarlos. El que no sea luchador jamás llegará a ninguna parte y eso, para mí, es una verdad absoluta.

En 2013 aprendí a dar gracias de verdad por todo lo que tengo. Me fui de viaje al lugar más pobre que he pisado en la vida y la experiencia me trastocó. Pienso repetir. Me parece un error acomodarse y dar todo lo que tenemos a nuestro alrededor por hecho, como si tuviésemos más derecho que otros a tenerlo.

En 2013 descubrí una parte de mí misma que no conocía. Parece mentira pero hasta que no surgen ciertas situaciones, no sabemos de lo que somos capaces. Y las más importantes son aquellas que hacen tambalear tus cimientos, tus creencias y valores básicos, y así veas todo de una forma totalmente distinta. Nunca dejamos de sorprendernos a nosotros mismos. Nunca dejamos de conocernos.

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2013 fue el año que empecé a escribir. Y esto lo marco como uno de los mayores logros. Siempre me preocupaba porque sentía que no había nada a lo que pudiese dedicar horas sin notar el paso del tiempo. Por fin encontré algo que me llena como nada. Surgió como lo hacen las cosas duraderas, poco a poco, sin avisar, hasta que te das cuenta que no puedes vivir sin ello. Escribir es terapia personal y gratuita. Solucionas los problemas que tienes contigo mismo. A veces necesitas ver plasmado en una hoja algo que te ha estado rondando la cabeza durante días para darte cuenta de la importancia real que tiene.

2013 fue el año que me empecé a cuidar de verdad. Me quise más. Dediqué menos tiempo y esfuerzo a los que no lo merecían. Me ha costado 22 años. Dejé de fumar y empecé a hacer deporte. Empecé a valorar más los pequeños detalles duraderos que los grandes gestos pasajeros. Di más importancia a los que están en mi día a día y no a los que aparecen cuando les conviene.

2013 fue el año en el que me despedí de todas las ilusiones irreales que había tenido hasta entonces. Los castillos en el aire se derrumbaron y, no lo negaré, fue duro. Pero lo bueno es que dieron pie a que se construyesen muros, fortalezas, sobre suelo firme e inquebrantable. La tranquilidad que siento desde entonces es indescriptible. Solemos pensar que estamos programados para ir en una dirección con el piloto automático encendido hasta que un día cualquiera se presenta un desvío y decidimos probar eso de la conducción manual.

2013 fue el año del cambio radical. De las idas y venidas. De cambiar de país y de estilo de vida. De dejar de considerar a algunas personas esenciales y empezar a pensar que otras son un tanto imprescindibles. De distinguir el amor sólido del líquido. De aprender que no es oro todo lo que reluce. De decir “adioses” que ya venían con mucho retraso y encontrarte con “holas”  inesperados. Conseguí lo que propuse a principios de año: hacer borrón y cuenta nueva. Esta vez de verdad, y me siento capaz de decir que estoy preparada para cualquier cosa.

En 2013 aprendí a ser un poco menos egoísta. Muchas veces lo que te conviene a ti, no es lo mejor para el de al lado. Suena bonito en la teoría pero en la práctica es jodido. Supe tomar una decisión importante poniendo a terceras personas antes que mi bienestar. No soy perfecta ni deseo serlo, pero saber que fui capaz de tomar esa decisión y no mirar atrás, me enorgullece y hace que pueda dormir un poco mejor por las noches.

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2013 fue el año en el que aprendí que estaba equivocada. Creía que la felicidad se encontraba cuando conseguías que todos los problemas e imperfecciones desapareciesen. Error fatal. Ser realmente feliz es saber vivir bien a pesar de los problemas y no sentir la necesidad de arreglar absolutamente todo.

Ese fue mi 2013. Con lo bueno y lo malo, al desnudo.

2014 es una hoja en blanco pidiendo a gritos que escriban sobre ella una nueva historia. Una nueva etapa. El año cero.

Y promete. Promete mucho.

Feliz año a todos.

In the end, it’s not the years in your life that count. It’s the life in your years.

– A. Lincoln

– Z

Fotos de mi gran amiga María Jiménez