Lista de marzo

Así, sin habernos dado demasiada cuenta, ya nos hemos comido casi un cuarto del 2015 y la primavera, que con tantas ganas esperamos, empieza a asomar la cabeza. Es hora de volver a ponerse las gafas de sol y de que los días sean un poco más largos. Es momento de empezar a disfrutar de unas pocas vacaciones y trabajar algo menos. Y ya toca relajarse, que lo peor ha pasado, y lo mejor está por venir.

Os dejo aquí mi lista de marzo con las cosas que más me gustan para este mes.

1. Hace poco me topé con esta frase de Malaci y, como loca del café, no me pudo gustar más:

Para mí el amor debe ser como el café. A veces fuerte, a veces dulce, a veces solo y otras acompañado. Pero ante todo nunca debe estar frío.

2. Para ellos, he descubierto las corbatas de seda estampada de Indian Lord y me he enamorado. Muy recomendables como regalo para padre / hermano / novio / suegro / cuñado / amigo o lo que toque.

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3. El 8 de marzo es el Día Internacional de la Mujer. No soy muy dada a fijarme en este tipo de “días internacionales” pero creo que este año toca tenerlo en cuenta. Que me encanta ser mujer pero eso no significa que sea algo fácil y me gusta que se reconozcan nuestros esfuerzos.

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4. Soy una loca de las gafas de sol y, tras buscar mucho (muchísimo), por fin me he decidido a comprar unas nuevas. Son de Peter & Maywalk (París).

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5. Las camisetas y sudaderas de algodón orgánico de Thinking Mu son ideales para esta temporada. Además de ser muy suaves, vienen en mil variantes así que siempre encuentras algo.

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6. Me muero de ganas de ir a la Provenza en unos días. Es la zona más mediterránea de Francia y está llena de campos de lavanda, pequeños pueblos y calas impresionantes. Ya os contaré.

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7. No puedo parar de escuchar esta canción. Aún quedan unos meses para el concierto (ya me he comprado las entradas), pero me da igual. Merece mucho la pena ver el video clip, he leído que es 100% real.

8. Me encantan las sandalias de la nueva temporada de Lesac. Ya tengo las mías listas para estrenar una noche de cena y copas en cuanto suba un poco la temperatura.

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9. Me lo estoy pasando como nunca con la última temporada de mi serie favorita, Shameless. Está claro que cada año se superan. Si lo veis, dejadme comentarios. Si no veis, empezad YA.

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10. Tiene ya sus años pero nunca me ha dejado de gustar: recomiendo ver la película “Las vírgenes suicidas“. Soy una enamorada de su directora y, aunque últimamente haya decepcionado un poco, nos ha dejado joyas como esta y “Marie Antoinette”.

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¡Que paséis todos un buen mes!

Z

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El primer día del resto de mi vida

Recuerdo que hacía frío y que era ya de noche. Me acuerdo la sensación de pereza, de no querer ir a esa cena, de que yo estaba muy a gusto en ese bar, con una copa en la mano y las ganas de bailar en la otra, y lo último en mi lista era ponerme seria para ir a un restaurante. Hoy doy gracias por pensar en ese momento que la gente que cancela en el último momento es detestable. Por eso cogí el abrigo y fui a la dichosa cena. Llegué al restaurante tarde pero aun así era la primera de todos. Si no recuerdo mal, era el comienzo de mi etapa de obsesión con el vino así que me pedí una copa, para amenizar la espera. Podría contarte mil detalles más de esa noche pero hay uno que sé que jamás se me olvidará: el momento en el que vi que tú me miraste. Y ahí lo supe. Tú ya me entiendes.

Se me hace gracioso pensar que durante años nos relacionábamos a base de “holas seguidos”, esos en los que te encuentras a alguien en el pasillo, saludas brevemente y sigues andando porque en realidad nunca te llegaste ni a parar. Y una noche de diciembre, sin aviso previo, después de años sin contacto alguno, nos re-conocimos.

Y lo demás ya quedó entre tú y yo.

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Porque a partir de ese día por primera vez el contador sumó en positivo. Por primera vez las cuentas salían. Por primera vez no era ciencia ficción, sino realidad. Por primera vez supe que podía arrancar y que me podía embalar, olvidándome de los frenos y divirtiéndome, no con la brisa, sino con un huracán en la cara a mil por hora.

Es que entraban ganas de irse a cualquier otra parte, con tal de que fuese única y exclusivamente contigo. La idea era firmar un contrato de ausencia indefinida y desaparecer del mapa. Y por el camino convertirnos en el mejor equipo de dos que jamás hubiese existido. Porque no, necesitábamos a nadie más. Porque sí, era una superación de expectativas constante.

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Esa sensación de haber encontrado el “punto y final” no era pura corazonada, sino es que simple y llanamente ya no había sitio para más puntos. Todo lo habías llenado tú.

Hay veces que después de tantas decepciones has enterrado ese sentimiento tan profundamente que se encuentra casi en el centro más oscuro de tu ser, y en teoría es imposible que salga algo nuevo. Digo teóricamente porque si resulta que se entierra en un buen suelo, dará lugar, en el momento justo, a que crezca algo genial. Algo que supere a todo lo anterior con tal magnitud que será imposible comparar porque eso sí que es jugar en primera división y todo los demás simples partidos de aficionados de domingo por la mañana. Get ready to get your mind blown.

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Bienvenido a mi lista de obsesiones, de seres permanentes y triunfos inminentes.

El día que te sentaste en la mesa de ese restaurante fue el momento en el que empecé a desempolvar palabras y reinventarlas, dándoles un nuevo significado. “Ir a cenar” ya no era comer con cualquiera sino experimentar el mayor de los subidones contigo. Los “nervios” no eran algo que se experimentaba antes de un examen o una entrevista, sino los veinte elefantes, que no mariposas, que se materializaban en mi estómago cuando te veía. Y la “ginebra” no era ese vaso que tenía el don de convertir la noche en prometedora, sino el recuerdo del sabor de nuestro primer beso.

Contigo aprendí que a veces los mejores momentos de nuestras vidas son aquellos que transcurren en silencio. Que las palabras suelen sobrar. Y las formas también.

A tu lado todo me sabía a poco, “más” nunca era suficiente y “ya” llegaba media hora tarde.

¿Y qué decirte que no hubieses intuido ya? Hacía ya tiempo que te había entregado el mapa de mi alma. Que eras mi presente y no había día sin ti. Ni hora ni minuto, para qué engañarse. Hacías que eso de la telepatía, la conexión, la chispa fuesen cosa del día a día. E, irremediablemente, sólo siendo tú, conseguiste que te quisiera de una forma inexplicable y ya no existía palabra en el vocabulario español capaz de describir lo que eras para mí.

Había veces que intentaba que no me gustases, y sólo sentía más. Me encantabas y me encantaba que me encantases. La mejor sensación era la de tenerte muy cerca y pensar que sería genial que algún día estuviésemos tan pegados hasta el punto de fusionarnos. Me enamoraba tu sonrisa, tan especial, tan para mí. Tu sello de identidad. Me gustaba cuando nuestros ojos se fijaban y, sin haber abierto la boca, nos lo habíamos dicho todo. Me encantabas incluso con barba, que fíjate que la odiaba porque me lijaba la cara. Me encantabas aquí y allá, lejos y cerca, pero cuanto más cerquita mejor.

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Y te hablo en pasado porque es que hoy describir el ir a cenar contigo como un subidón se queda corto, los veinte elefantes son ahora ochenta, nuestro equipo se está perfeccionando y el momento de irnos a cualquier otra parte de forma indefininda se aproxima, los besos no tienen uno sino un millón de sabores y recuerdos, la primera división se nos quedó pequeña hace mucho, ese “punto y final” ocupa todo el horizonte, el huracán ya ni lo noto porque esto lo superó hace bastante tiempo y los “holas seguidos” se han transformado en un gran “me quedo“.

– Z

Un día no son 24 horas

24/09/2011

Déjame que te comente lo que dura un día sin ti. No son 24 horas. Ni 1.440 minutos. No es algo eterno. Pero tampoco algo placentero. Sigo con mi vida y tú con la tuya pero para ambos es algo que forma parte de nosotros desde hace años.

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Son las cinco veces que cojo el móvil, instintivamente, para asegurarme de que no me has escrito o llamado.

Son las nueve veces que tu nombre ronda por mi cabeza. Aparece de forma automática, está ahí un rato, asomándose, si le parece correcto saluda y luego se va, igual de traidor que como llegó.

Es cuando me monto en el autobús, escuchando música en aleatorio y sale esa canción. Nunca lo hablamos pero los dos sabemos que fue nuestra canción. La letra no tiene ningún sentido pero nos encantaba escucharla juntos, con los ojos cerrados. Porque así es como se escucha una buena canción.

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Son las tres veces que me quedo helada y sin saber qué hacer porque confundo a un extraño de espaldas contigo.

Es el momento que alguien me escribe con noticias de ti. Se creen que las necesito, que me vienen bien. Pero no, ya pactamos los dos que era mejor no saber nada. Aunque tú tienes momentos de debilidad.

Son el puñado de veces que me invento escenarios y resultados paralelos. Ya sabes, soy mucho de analizar la situación, los actos y sus consecuencias. Hasta que llego a la conclusión de siempre, pasó así porque tenía que pasar así.

Son las cuatro veces que me escribe alguna amiga preguntándome que qué tal el día. Yo siempre digo que bien porque es verdad pero me gustaría poder contarles lo que realmente pasó. Eso, la verdad.

Es el momento que me voy a dormir, contenta por haber aguantado el tipo un día más pero decepcionada al no ver tu nombre en la pantalla. Porque el pacto está para respetarlo pero me gusta cuando te rebelas y te olvidas de él.

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24/09/2013

Déjame que te comente lo que dura un día sin ti.

Son siete minutos de café y una tostada por la mañana, la mejor comida del día.

Son 42 segundos de salir corriendo de casa porque para variar pierdo el autobús.

Es un no parar en toda la mañana y un “no puedo más con mi alma” por la tarde. Horas, minutos, segundos.

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Es una hora de deporte, que oye, ya me cuido.

Es 22 minutos de viaje de vuelta a casa. O 40 más o menos si vuelvo andando. Según se tercie.

Es media hora de cena en familia, contándonos el día. Unos quejándose de las clases, otros del trabajo y otros porque le han cogido el gusto sin más.

Es un momento de acordarme que hace semanas que no sé de ti. Qué bien. Por fin lo pillas.

Son 55 minutos de Los Soprano. Solo que me altera como una niña pequeña y tardo el doble en dormirme pero encuentro cierto placer en ello.

Es el rato que me meto en la cama, voy a poner la alarma y esta vez sí que veo tu nombre en la pantalla. “¿Qué tal el día, guapetona?”. Lo bueno de las malas costumbres es que nunca se pierden.

Y cuanto peor sea la costumbre, menos ganas tienes de deshacerte de ella.

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And goodbye.

-Z.