Todo lo que necesito saber lo aprendí de Friends.

Sé que el tema escogido no es original. Sé que ya habréis leído uno calcado o, aunque sea, algo similar. Pero precisamente ahí se demuestra su importancia. Soy una loca de las series (me avergüenza decir cuántas sigo exactamente). Ya os comenté en mi primera entrada que era un poco el monotema con mis compañeras de piso. De hecho, como dice la madre de una de nosotras, éramos felices ahí porque nos creíamos que vivíamos en un “Friends” real y constante. Desarrollamos la teoría de que todas las situaciones de la vida se podían comparar con un momento de Friends si conocías la serie lo suficiente. Era muy típico oír eso de “joe pues eso se parece un montón al capítulo de Friends en el que…”.

Nunca fui una seguidora de esas que lo veía siempre que lo echasen en la tele y se sabía los diálogos de memoria. De hecho el primer capítulo que vi fue el último. Se creó tanto bombo con su estreno que pensé que tenía que verlo aunque no me enterase de nada para poder comentarlo con mis amigos al día siguiente en el colegio. Pura presión social, lo sé. Eso fue en el 2004.

Estoy empezando a sentirme vieja. Un poco. Bueno, no. Bastante. Va a hacer diez años de eso dentro de nada. Un segundo que voy a respirar hondo para que no cunda el pánico.

Ya está. Sigamos.

No fue hasta los diecinueve que decidí verla entera. Así que ese verano, cuando estaba encerrada en aislamiento social gracias a esas vacaciones tan poco típicas que mis padres solían elegir, vi las diez temporadas en tiempo record. Un capítulo detrás de otro. De noche y de día. En el sofá. En la cama. En la terraza. En la ducha. Bueno ese último no pero casi casi. Me reí mucho. Me caían todos genial. Quería vivir en esa serie. Es un poco triste pero lo admito. En mi defensa diré que influía bastante el hecho de no haber hablado con alguien de mi edad en semanas.

Lo que más me gustó de esa serie no fueron los líos de Rachel, el “frikismo” de Ross, la rareza de Phoebe, las manías de Monica o las obsesiones de Joey, sino lo que aprendí de ella. Aquí entra en acción mi personalidad obsesiva-compulsiva con el orden: he hecho una lista que lleva el mismo título que este post.

No voy a decir que aprendí el valor de la amistad y de la vida y ese tipo de chorradas. Yo aprendí pequeñas cosas que hacen que mi día a día sea un poco más fácil. Algunas son obvias para algunos, otras no tanto para mí. Cada uno es como es. Por lo menos siempre me querrá mi madre.

1)      En momentos de euforia y competitividad, juégate lo que quieras menos tu casa. La perderás fijo.

2)      No te pongas prendas o accesorios demasiado innovadores. Es muy difícil que salga bien. Casi imposible diría yo.

3)      Ponerse moreno falso es sólo para expertos así que no lo intentes nunca. O acabas igual de blanco, dejándote una pasta, o parece que te han untado chocolate por todo el cuerpo. Ninguna de las dos opciones es deseable.

4)      Si las mujeres queremos saber algo, lo acabaremos sabiendo sea como sea. Por las buenas o por las malas. (A partir del minuto 4)

5)      No dejes que tu amiga te corte el pelo y menos imitando el corte de otra persona, por mucho que os apreciéis . En el mejor de los casos te parecerás a esto:

Imagen

En el peor de los casos no querrás salir de tu casa en meses. Eso es mucho tiempo, créeme.

6)      La comida jamás se desperdicia y mucho menos se comparte. Punto pelota.

7)      Me acabo de dar cuenta de que estoy poniendo demasiados puntos en negativo así que cambio de estrategia. Chandler Bing es el mejor personaje de la historia. Es un geniodelosquenuncaseencuentranenlavidarealyporesoestodavíamásgenial. Hay tantos momentos que no sé elegir, buscad en YouTube que cualquiera es excelente.

8)      Dedícate a lo que más te gusta. Es una de las cosas que más me gustan de los personajes de la serie. Actor, cocinera, paleontólogo, masajista…

9)      A partir de cierta edad, los disfraces de animal deberían estar prohibidos. No les gustan ni a los niños.

10)      La gente demasiado guapa no es de fiar nunca.

11)      Siempre va a haber alguien que suelte la broma mala. Si no, no es un buen grupo de amigos.

Hoy no me apetece hacer un número redondo. Living on the fucking edge.

-Z.

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Las preguntas existenciales.

“Si no te equivocas de vez en cuando, es que no lo intentas”

-W. Allen

 

Una mañana más, suena el despertador y me levanto, todo un hito he de decir porque eso de despegarme de las sábanas me cuesta mucho, más que a cualquier otro mortal. Es como cuando está diluviando y tu madre te pide que bajes al perro cuando estás tirada en el sofá o cuando ves que ya de una vez toca ponerse a empollar a muerte esa soporífera asignatura que tiene un nombre más largo que el de la Duquesa de Alba. Puro suplicio. Horror.

Pero bueno, como no queda otra, me pongo en pie, me ducho y desayuno con mis compañeras de piso. Hablamos de las cosas que tenemos que hacer en ese día, cotilleos y novedades. Vamos, lo que hacen todas las chicas, ya sean de Mauricio, de Seattle o de la Patagonia. Algo tan disfrutado por el sexo femenino como poco comprendido por el masculino. Últimamente tenemos una discusión no cerrada sobre la-serie-que-marcó-un-antes-y-un-después-en-nuestras-vidas, Friends, y nos intentamos asignar a sus personajes. En todas las series, y esto es un hecho científico y comúnmente divulgado en nuestra generación así que no me lo cuestionéis, hay personajes que no se aguantan, que son tan divertidos, entretenidos y magníficos como ver un documental sobre la vehemente lucha de la supervivencia del insecto hoja en Guanacaste. Esto es lo que hace que Friends sea una serie única: no hay ni un solo personaje de ese clásico sexteto que produzca bostezos. A mí, tras quejarme y muy a mi pesar al principio, me asignaron a Monica Geller. Para aquellos que me conocen, no es difícil entender por qué. Para los que no me conocéis, coincido en todo con ella a grandes rasgos menos en el pelo y la atracción física hacia Chandler Bing.

 

 

Tras presenciar el gran poder seductor de Phoebe, volvamos al tema. Después de mis desayunos, abro el ordenador y lo primero que hago es mirar mis blogs favoritos, esperando ansiosa cualquier publicación nueva. La verdad es que no soy demasiado original y me gustan de todo: de moda, sitios a los que ir, fotografía, relatos cortos… Todo empezó con uno o dos que me recomendaron y hoy ya sigo a diario muchos más, consultando también otros con menor frecuencia. Una de mis compañeras mencionadas es otra gran seguidora. “Has visto la nueva publicación de xxx?” nos solemos decir y a continuación entramos en una discusión, comentando lo que nos ha parecido la nueva entrada, criticando o alabando, “le falta algo, podría publicar algo de tal…” Así pasaron los meses hasta que un día nos hicimos la pregunta existencial “¿por qué no hacemos uno juntas?”. ¿No nos están todo el día diciendo a los jóvenes que hay que ser emprendedores? Y después un par de noches las dos sentadas en mi cama reuniendo ideas en secreto y unos ratos de frustración para elegir nombre y foto, nació “Lo que ellos no saben” y decidimos compartir electrónicamente nuestros conocimientos sobre la moda, literatura, fotografía, restaurantes, pensamientos y ciudades del mundo. Compartir es vivir, o eso me decían en el colegio. No hay demasiada experiencia, pero sí muy buena intención y ganas.

 

Y con esto, os dejo en buenas manos, muy al son de nuestro espíritu:

 

 

There’s a time in our lives
we start again on writing our part
as the story goes on it’s the rule that we remember our lines

 

 

Hasta pronto.

 

 

-Z.