Que siempre seamos nosotras

“Me encanta ser una mujer, incluso en un mundo de hombres porque, después de todo, los hombres no pueden llevar vestido pero nosotras sí que podemos llevar los pantalones.”

– W. Houston

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Puede que te sientas sola y que parezca que este laberinto no tenga salida. Puede que la cuesta arriba últimamente parezca haber aumentado unos cuantos grados, lo justo para empezar hacerte sudar y que ya no sea tan divertida la aventura. O puede ser que llegó el momento de cerrar ese capítulo eterno y que la tarea se haya convertido en mucho más que imposible.

Puede que el jugársela ya no esté saliendo tan rentable como hace unos años porque cada vez pagas un precio más caro por esa parte de ti que se llevan y no devuelven. Puede que la balanza esté desequilibrada y no haya palabras para describir cómo te han tratado. O que quizá precisamente son demasiadas las palabras que lo pintan.

Y puede que ya no te queden fuerzas y quizá estés empezando a perder la ilusión. Esta vez de verdad.

Una vez me dijeron que, el momento en el que empiezas a creerte esas mentiras, es el momento en el que se te han olvidado unas verdades, y estas, por obvias que son, siempre acaban en el cajón del olvido. Son verdades que se deberían imprimir en tamaño gigante y pegar en el techo de tu cuarto, para que sean lo primero que veas al despegar las pestañas y lo último que leas al volverlas a juntar.

Sí. Esas. Y aquí van.

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Que también existen las palabras bonitas y déjame que te diga que hay muchas. Infinitas. Pregúntale a alguien, alguien que te conozca de verdad, y sólo podrán sacarte perfecciones. Ponte delante del espejo y te aseguro que conseguirás sacar más cualidades que otra cosa. Y si lo dudas, vuelve a mirar.

Que puedes con todo esto y más. Demuéstraselo. Ríeselo. Llóraselo. Da igual, con tal de que sonrías, porque lo he visto y resulta que te favorece. Deja de darle al botón de apagar de una vez por todas y empieza a iluminar, como tú sabes que puedes.

Que, aunque no estés acompañada como tú quieres, no significa que estés ni estarás sola. No regales tu corazón donde no lo quieren y, como dijo uno, recuerda que más vale arrepentirse ahora que dentro de veinte años. Las sorpresas siempre llegan en el formato más inesperado, sin avisar, como un huracán. Y que la compañía tiene que ser una cuestión de elección y no imposición.

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Que sin sudor y lágrimas nunca se consiguió nada, pero ya verás la sensación cuando llegues arriba y puedas gritarle hasta al mismísimo viento. Que sólo es imposible aquello que te propones como tal. Que jamás habrá barreras tan altas, ni misiones tan imposibles. Que está todo dentro de ti y en tu cabeza, esa que vale oro y por la cual  algún día alguien mataría.

Olvídate de los “es práctico” y “resulta cómodo”. Deja de vestirte con adjetivos que nunca fueron para ti. Suéltate la coleta. Ponte tus tacones favoritos y esas gafas de sol tan bonitas, y sal a la calle a comerte al mundo a tu manera. Sal a buscar eso que sabes que está esperando ser encontrado. Que la primavera está a la vuelta de la esquina y ya vienen los cielos azules.

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Y sobre todo, lo que nunca tienes que olvidar, es que te tienes que querer a ti misma. Y lo digo sabiendo que hay días en los que cuesta más la práctica que la teoría. Que tenemos la mala costumbre de asociar eso con egoísmo y egocentrismo, pero estamos equivocados. Quererse es valorarse por ser única, y eso no lo sabe hacer nadie mejor que tú. No lo dejes para mañana.

Que cuando creas que no vales nada recuerda que medio litro de tu sangre puede salvarles la vida a tres personas. Y que tu corazón bombea cinco litros cada minuto. Eso significa que por cada sesenta segundos que estás viva tienes la capacidad de revivir a otros diez seres humanos.

Que algunas veces, cuando menos te lo esperas, la vida va y se pone de tu parte.

Que hoy hay que celebrar que somos como somos y que siempre seamos nosotras.

Que ya verás que hay cosas que, aunque al principio parecían irremplazables, realmente nunca las necesitaste.

Y que no hay mejor amor que el propio, ese que sólo tú te sabes dar.

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Z

Fotografías de: Topo Designs, We heart it, Manuscrever, Mikael Jansson y Valonz

En colaboración con Bezoya, que celebra el mes de la mujer, os animamos a que compartáis vuestra historia sobre lo maravillosas que somos, porque sólo siendo nosotras mismas logramos lo imposible www.bezoya.es 

Las cosas que no tienen precio

Porque donde unos encuentran solamente excusas, algunos encuentran razones.

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Y es que tiene gracia la cuestión porque donde algunos se aferran al no, otros luchan hasta el final por tener el sí. Donde algunos dan todo por hecho y se rinden a la más mínima señal de llovizna, otros bailan felices bajo la mayor tormenta posible y consiguen salir de ella. Mojados, pero salen, y además con una sonrisa de las grandes.

La pregunta que nos debemos hacer todos en algún momento es: ¿qué es lo que hace que seas de un bando u otro? ¿Qué es lo que hace que, aunque estés calado, sigas andando hasta llegar a donde soñaste?

No creo que sea la suerte ni la fortaleza mental ni el qué dirán. Dudo que sea el tener mucha sabiduría o experiencia. De hecho, precisamente los niños son los que mejor saben llevar estas situaciones y salir de ellas. Tampoco creo que sea la cultura o el provenir.

No.

Todo se reduce esencialmente a las ganas, a la cabezonería, al “no podrán conmigo”. Y esas ganas con el desgaste de la vida a veces nos las acaban quitando o, lo que es más peligroso, nos las quitamos nosotros mismos.

Así que aprovecho este espacio para reivindicarlas una vez más. Para quitarle el polvo a esas cinco palabras y gritarlas escribiendo.

Las ganas de levantarte por la mañana después de un mes de infierno y decir “hoy sí, hoy me como el mundo”. Y te lo comes. Punto. Así de fácil.

Las ganas de por fin superar esa pequeña espina que has tenido clavada desde hace años, de por fin perdonar lo imperdonable, porque ya no te mereces gastar en el asunto ni un segundo más.

Las ganas de hacer un cambio radical porque lo de siempre te harta, ya sea comprarte esa chaqueta preciosa que era demasiado cara, sentir con emoción cómo te cortan la melena dos cuartas, o mudarte a otro país, lejos o cerca, da igual, lo importante es perder por las calles todo el equipaje acumulado de tantos años. Y sin darte cuenta casi, te empiezas a sentir muy ligero.

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Las ganas de abrirte a una persona y vivir una nueva aventura sin preocuparte por el inicio, nudo o desenlace porque ahora disfrutáis los dos y todo lo demás da igual. Puede que el final llegue a los dos meses o puede que no llegue jamás. Pero eso no es lo importante, sino los momentos compartidos.

Las ganas de aprender a hacer eso que siempre has querido dominar pero nunca te has atrevido. Esas ganas de llevar a cabo el proyecto y llegar a ser el mejor del mundo en ello. Ríete si quieres pero te digo que es posible, da igual la edad que tengas.

Las ganas de perder la cabeza de vez en cuando para mantener la cordura, de apostar porque sí, de reír porque sí, de tomarte un vino más porque sí. Porque la vida son esos pequeños gustos. Porque sí.

La emoción de cuando pisas suelo nuevo, que simplemente son ganas de lo inesperado. De descubrir un nuevo lugar y pensar: a ver qué pasa aquí, aquí no hay límites, aquí todo es posible.

Las ganas de volver firme donde juraste no pisar y decir “aquí estoy yo y me da todo igual”. Esas ganas sí que son buenas. Porque, además de hacerlo con todos, te desafías a ti mismo y creces mucho más allá de lo que imaginaste. Queremos la versión 2.0 directamente, nada de betas y pruebas.

Las ganas de mirarse al espejo y que lo que veamos nos guste. Y sonriamos. Y nos chifle y rechifle. Y así aceptarnos, gustarnos y querernos un poco más, que nunca viene mal autopiropearse.

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Las ganas de fortalecer una relación antigua, esa amistad que ambos habéis dejado que se deshaga por la comodidad y el paso de tantos años. Revívela. Lo más bonito que me ha dicho un amigo en mi peor momento ha sido que mis problemas eran los suyos también. La carga sigue está ahí, pero se aligera que no te imaginas. Eso, y no el oro, no tiene precio.

Las ganas de quitarse precisamente las ganas de complicarlo todo. Que las tonalidades pueden ser interesantes pero ya llega un punto en el que nos liamos demasiado. Que no es que no haya que jugar con fuego porque queme, sino porque deja marca de por vida. Que basta ya de perder el tiempo, de standbys, de no jugársela.

Las ganas de dejar de vivir a base de migas y empezar a exigir un banquete. Que las cosas a medias no nos gustan. O sonríes o no. O te enamoras o no. O todo o nada. Mejor dicho, o doble o nada.

Las ganas de querer a las personas por todo lo que han sido y serán, por todo lo que te han dado y te darán, y saber qué exigir a quién. Porque no todos te van a dar lo mismo y lo bonito está en saberlo y disfrutar de su particular cachito.

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Las ganas de tomárselo todo un poco más despacio, de saborear los días y disfrutar del mundo que nos ha tocado. Que si te paras un poco verás que el café huele mejor, que los besos saben mejor y la palabras suenan mejor.

Y sobre todo, las ganas de una chica de escribir sobre las ganas y por fin encontrarlas.

– Z

Las ganas de volar

Situación: noche de agosto, ella está de fiesta con sus amigos, tan feliz, disfrutando de la música, buena compañía y las dos copas que lleva de más encima. Está el chico al que le ha echado el ojo desde hace un par de meses. En ese tiempo ha ido construyendo con mucho mimo la relación, tanteando el terreno, descubriendo sus gustos y cotilleando su Facebook. Sabe que esa noche es LA noche. Tras largas tardes de discusiones acompañadas de café y cigarros con la amiga de turno, decide tomar riendas en la situación. “Estoy harta, o pasa algo esta noche o ya se acabó”.

Está por ahí bailando como si no hubiese mañana, contoneándose como algo similar a Beyoncé.

(eso es lo que piensa ella, en realidad es un aprobado raspado, es lo que tiene el alcohol), acercándose a su presa, cuando de repente alguien del grupo le presenta al nuevo que acaba de llegar.

Y aquí es donde se pone seria la cosa.

Él la mira y sonríe. Ella le mira y le da dos besos.

Giro de 180 grados. Nuevo tablero.

“Menudo lío” piensa.

Después del esfuerzo, tiempo y sudor invertido en el primer susodicho, todo por la ventana.

Flechazo.

Algunos dicen que eso es algo que no existe, algo como de la mitología. Que es tan verdadero como la existencia del hombre del saco. Yo soy una romántica empedernida así que ya os imaginaréis mi opinión al respecto. Existe. Puede que no sea enamoramiento, pero la atracción instantánea y muta es una realidad.

Pasaron toda la noche bailando y conociéndose. Hablando de los sitios en los que habían vivido, las parejas que habían tenido, su familia, sus amigos, su trabajo, sus estudios. Si en algún momento se despegan, intentaban de forma disimulada vigilar al otro para que no se alejase demasiado. Los amigos se fueron a casa, cerraron el local pero a ellos les dio igual. Siguieron dando vueltas por Madrid, disfrutando. Estos son los mejores paseos, pensaba ella, porque la gente en ellos te cuenta cosas que no contaría en ningún otro momento. Él la miraba cuando creía que ella no lo veía (pero claro que ella lo sabía, las mujeres somos así) y ella utilizaba cualquier excusa para posar su mano en su brazo o tocarle ligeramente la espalda.

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Les entró algo de hambre y el la invitó a desayunar, dándole al café un nuevo sentido. Ya no era para planificar la siguiente estrategia con el chico X sino para disfrutar con el chico Y. ese que desde el instante en el que había lo había conocido no se había sentido capaz de separase de él. A ella le gustaba como movía él las manos cuando hablaba y lo bien que le sentaba esa  camisa azul que llevaba. La hacía reír de una forma que no había experimentado en mucho tiempo. Demasiado tiempo. A él le parecía que ella era la chica más guapa que había visto con coleta. Pero eso no era lo único que tenía en la cabeza.

Esta es la historia de un enamoramiento nocturno y fugaz, que al parecer no dio más de sí y que durante mucho tiempo sólo se quedó en eso. Durante la noche cualquier cosa era posible pero el sol llegó acompañado de la realidad. Se despidieron después del desayuno, con mucha sonrisa de por medio. Fue uno de esos amores que cada vez suceden con menos frecuencia según vas cumpliendo más años. Pero al igual que el dinero, cuantos menos tienes, con más ansia añoras el siguiente.

Tengo la teoría, muy trillada y comentada entre amigos, considerada práctica y útil por unos y fría y calculadora por otros, de que cada persona que conocemos tiene una función en nuestra vida y no se le puede exigir ni más ni menos. Porque si no se estropea todo. Es estirar y estirar la goma hasta que se parte. Y nunca se parte de forma limpia. Siempre hay discusiones, silencios fríos y momentos incómodos.

Ella necesitaba volver a sentirse un poco querida, ver que seguía teniendo la posibilidad de encontrar algo más. Él sin embargo tenía que sacarse de la cabeza a su ex unas horas o ya se iba a volver loco. Se ayudaron el uno al otro.

Esta teoría es una de las verdades más absolutas que he conocido y se puede aplicar también a amigos, familia, gente del trabajo. Quien sea. Me he ahorrado muchos palos con ella.

El problema llega cuando se mezclan conceptos y se espera más. Siempre hay alguien que exige más de lo adecuado cuando la belleza de la relación es que se quede en eso y lo que te ha aportado. Mejor una noche de ilusión que tres meses de desesperación. A veces es más bonito quedarse con el “¿qué hubiese pasado?” que con el “esto es lo que pasó: se acabó” porque así la imaginación crea situaciones que, gracias a nuestro optimismo innato, siempre acaban bien.

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Él ya está bien, se ha recuperado de sus fantasmas y sigue con su vida. Ella también, tampoco está sentada esperándole pero sí que vuelve al bar de vez en cuando a ver si se encuentran por casualidad y sonríe cuando pasa por delante de la cafetería del último desayuno, recordando la complicidad compartida unas horas.

Continuará.

-Z.