El caos ordenado

No existe ninguna situación en la vida que carezca de auténtico sentido. Este hecho debe atribuirse a que los aspectos aparentemente negativos de la existencia humana, y sobre todo aquella trágica triada en la que confluyen el sufrimiento, la culpa y la muerte, también puede transformarse en algo positivo, en un servicio, a condición de que se salga a su encuentro con la adecuada actitud y disposición.

– V. Frankl

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Cuando nos conocimos, fuiste de listo. Se veía a la legua que era tu estrategia. Por eso te solté muy digna en esa azotea un “te has equivocado de chica”. Te reíste y tus ojos, de ese color que no he vuelto a encontrar, me miraron tramando algo. “No, he acertado” fue tu contestación. Yo que creí calarte desde el primer instante. Lo que no supe hasta mucho más tarde es lo mucho que en ese momento calaste tú en mí.

Ninguno de los dos sabíamos lo que nos esperaba. Muchas veces he pensado si realmente me hubieses pedido mi número esa noche sabiendo lo que iba a venir después. Y si yo te lo habría dado.

Un tira y afloja. Un día sí y a la semana siguiente, es que ni loca. La cara que le echabas la mitad del tiempo hacía que sintiese tal indignación que perdía el control de la situación. Pero admitiré que cuanto más descarado eras, más me gustabas.

Contigo aprendí que soy terriblemente fiel. Que estaba preparada para seguirte al fin del mundo. Come what may and all of that shit. Aprendí que toda moneda tiene dos caras, que la bonita es genial, pero ay cuando se gira. Ahí vimos los dos que puedo ser cruel. Extremadamente cruel.

Pero la verdad, no sé si era por exceso de ignorancia, jamás falta de inocencia, eso seguro, esos defectos míos te daban igual. Me conociste rota, enfadada con el mundo, e hiciste tu misión reconstruirme. Cuanto más te clavaba el puñal, más me querías “arreglar”. Era mi forma perversa de sentirme querida por ti. Mi grito de SOS en busca de la salvación, por muy efímera que fuese. Never let me go.

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Sabías de qué estaba hecho eso que corre por mis venas. Sabías qué es lo que unía mis arterias. Sabías darme una de cal y otra de arena en el momento exacto para que siempre acabase volviendo a ti con los brazos abiertos y las defensas bajas. Cosas que nadie había conseguido jamás tú las obtenías en un abrir y cerrar de ojos.

Era nuestra dinámica. Nuestro paso doble irracional, sin ritmo ni compás claro y poco comprensible para los demás. Sin embargo, para nosotros las reglas del juego nunca habían sido tan claras. Era como si las hubiésemos aprendido antes que incluso hablar o andar. Éramos nuestra mejor droga, nuestro mayor colocón, y teníamos claro que no queríamos experimentar eso del síndrome de abstinencia. Dolería más que la propia realidad.

Nos gritábamos a las nueve y a las diez nos comíamos a besos. El problema es que el contrato no estaba en escrito. Era volátil. De todo menos estable. En el fondo los dos sabíamos que el día que comenzamos con lo nuestro, estábamos firmando el inevitable final. De aquí nadie iba a salir de un pedazo.

Creo que el dolor que se siente tras una ruptura no tiene que ver con el tiempo que has estado con alguien. Lo que cuenta es la intensidad de la emoción que te hizo sentir esa persona. Eso es lo que aprendí contigo. La única vez que decidimos ser racionales y dejarlo, fui incapaz de interiorizarlo. Sin ti, no tenía sentido. Pero contigo tampoco. Y tu mirada era un reflejo de la mía. Tú que decías que jamás volverías a llorar.

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Al final, como era de esperar, nos quedamos sin fuerzas. Nos consumimos. Juro que fuiste el mejor beso de mi vida, lo tengo grabado a fuego en mi memoria, pero también mi mayor sentimiento de rechazo. A pesar del tiempo que ha pasado, me acuerdo de todo a veces. Veo atisbos de ti en canciones, libros o películas. Llegaste a echar raíces profundas en mí. Fuiste, y sigues siendo en parte, mi inspiración para escribir.

Yo intentaba reinventarme. Tú querías coser tus heridas. Habíamos perdido todo tipo de amor propio, orgullo y demás. Pero a pesar de nuestros esfuerzos, ya no se podía más. Los opuestos se supone que se atraen, equilibrando la balanza. La cosa es que llegó un punto en que nuestra balanza tambaleó tanto que ya la palabra “equilibrio” se salía de la ecuación. Decir que era caótico se queda corto. Y por última vez, fui cruel. Todo lo cruel que pude. No te di opción. Corté por lo sano. Por nuestra salud mental. Se acabó como empezó, en una azotea.

Solo espero que sepas que detrás de los errores, de la manipulación, de la tormenta, de las decisiones difíciles, de la cabezonería, de los secretos, de las palabras envenenadas, del echarte a patadas de mi vida, a mi manera poco convencional, esa que solo entendías tú, te quise con toda mi alma.

Y que después de todo este tiempo, los abrazos rotos, las declaraciones desnudas, las pruebas, los deseos suspirados y siempre olvidados, los “adiós” atemporales, las promesas etéreas, mis tardanzas, tus miradas, y nuestras risas, en cierto modo, siempre formarás parte de mí.

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– Z

Fotos de Oktoberkind

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