Otra noche que acaba pronto

Después de mucho tiempo insistiendo (prácticamente desde que nació el blog) en que escribiera algo para el blog, por fin podemos publicar un post escrito por C. ¡Esperamos que os guste tanto como a nosotras!

Otra noche que acaba pronto. Justo hoy tenía ganas de salir hasta un poco más tarde… al menos llego a tiempo de coger el metro. Toca esperar un par de minutos y me entretengo mirando a la gente. De pronto me doy cuenta de lo ruidosa que es esta estación y la cantidad de extranjeros que esperan conmigo a que llegue el tren. Puedo oír a un grupo de franceses en el andén de enfrente hablar entre risas mientras un rezagado se esfuerza por hablar inglés para dar indicaciones a un nórdico que quiere ir a la Sagrada Familia. Por mi izquierda, a lo lejos, oigo una especie de flauta de pan tocando la banda sonora de algún Western, mezclándose con la melodía que me llega por mi derecha del hombre asiático que estaba tocando un instrumento de cuerda con sonidos muy orientales a la entrada de la estación. Esta conglomeración acústica internacional me hace pensar en lo mucho que se viaja hoy en día para conocer culturas con las que en realidad convivimos en el día a día.

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Absorta en mis reflexiones sobre la globalización, me monto en el metro semivacío que acaba de llegar. Es un acto reflejo, mecánico, que permite a mi cuerpo reaccionar a la llegada del metro mientras mi cabeza está en otro planeta. Me saca de mi trance un chico con el que me cruzo al entrar, sale demasiado tarde del metro y las puertas le pillan la mochila. Pero tira de ella con fuerza y la desengancha. La escena me hace soltar una carcajada que contagia a los del banco de enfrente. Entonces me fijo. Una mujer disfrazada de los años veinte y una pareja joven con una bolsa de papel en la que quiero adivinar que llevan un postre para alguna cena con amigos. Las risas llevan a una conversación. Estoy a una distancia que me permite participar, pero como pasajera habitual del transporte público, me limito a desviar la mirada y afinar el oído. Ella actúa en un pequeño espectáculo. Ellos (efectivamente) tienen una cena. La conversación es interrumpida por silencios acompañados de sonrisas y nuevos comentarios que reavivan la conversación brevemente. Por eso mismo decidí no participar, porque una vez que inicias el diálogo en el metro no hay forma de saber cuando se acaba. Uno se resigna a esperar a que llegue la parada que pondrá fin a la conversación, ofreciendo mientras tanto comentarios amables al extraño que se muestra demasiado entusiasmado con hablar con alguien.

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En este caso, llegó la parada de la mujer disfrazada. Mientras se bajaba del metro deshaciéndose en despedidas que la joven pareja respondía amablemente, un chico se monta en el tren. Es alto, moreno, con barba de par de días. La presentación es buena pero bastante genérica. Es cuando se sienta a mi lado que aprecio su perfil. El caballete ligeramente pronunciado y el pelo corto corto, como a mi me gusta. Ya he mencionado que soy usuaria habitual del transporte público, por lo que me conozco todas las triquiñuelas para hacer un repaso de alguien interesante, empezando por el reflejo de la ventana de enfrente. Lástima que la pareja joven me bloquee las vistas. Recurro a mirar hacia el fondo del vagón, hacia el avisador de paradas, hacer que ojeo a la chica de pelo rojo y tatuajes sentada al otro extremo de nuestro banco. Enseguida me doy cuenta de que él también es usuario habitual, Me estoy dando perfecta cuenta de que se está estirando para tratar de ver mejor mi reflejo. Hace uso de su móvil de forma distraída, pero esa estrategia es de principiantes…es tan obvio cuando uno coge el móvil sin realmente necesitarlo…

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Llega la parada de la pareja joven y se bajan del metro deshaciéndose en carantoñas ¡Por fin! ¡Buenas vistas! Pero de nuevo, como observadora experta en distancias cortas, soy consciente de que hay que evitar mirar directamente, si no la presa se espanta y no queremos que pierda el interés. Me cuesta no mirar directamente porque quiero asegurarme de que es tan guapo como me pienso. Demasiadas veces los perfiles me hacen creer que estoy ante un deleite visual para que luego, en el momento de ver el reflejo directo, me pegue un susto de esos que hacen dar respingo. Pero por suerte para mí, éste era un 29 de febrero. De esos que llegan cada cuatro años y una vez que se van, sabes que va a pasar mucho tiempo hasta que llegue el siguiente.

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 Al darme cuenta del buen ejemplar que tengo delante, empiezo a fantasear. Mi parada es la penúltima de la línea y me imagino que el metro, como tantas otras veces, se vacía durante el trayecto. Estando solos, habiendo cruzado miradas de esas que van con chispas (porque eso es lo bueno de los extraños guapos del metro, sabes que no los volverás a ver y te permites ofrecer miradas más intensas), me imagino que desvío la mirada del reflejo de la ventana de enfrente para mirarlo directamente. Se siente observado, y avergonzado y curioso a la vez por la situación, me devuelve la mirada. Estando así, cara a cara, me inclino hacia delante y le doy un beso, suave, en sus labios desconcertados, con el tiempo justo para bajarme del metro sin que él pueda reaccionar. No quiero su número, no quiero su nombre. Ni siquiera quiero el color de sus ojos. Simplemente quiero probar sus labios. Los labios de un extraño guaperas que me cruzo una noche en el metro.

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De nuevo mis fantasías me llevan a otro planeta del que regreso a tiempo de ver al chico bajarse del vagón demasiado pronto. Pero mi sobresalto al salir de mi trance no evita que pueda hacer un buen repaso al único elemento que me faltaba, el final de su espalda o lo más alto de sus piernas. Contenta con el repaso completo me quedo más tranquila, porque los he visto mejores.

-C.

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Las ganas de volar

Situación: noche de agosto, ella está de fiesta con sus amigos, tan feliz, disfrutando de la música, buena compañía y las dos copas que lleva de más encima. Está el chico al que le ha echado el ojo desde hace un par de meses. En ese tiempo ha ido construyendo con mucho mimo la relación, tanteando el terreno, descubriendo sus gustos y cotilleando su Facebook. Sabe que esa noche es LA noche. Tras largas tardes de discusiones acompañadas de café y cigarros con la amiga de turno, decide tomar riendas en la situación. “Estoy harta, o pasa algo esta noche o ya se acabó”.

Está por ahí bailando como si no hubiese mañana, contoneándose como algo similar a Beyoncé.

(eso es lo que piensa ella, en realidad es un aprobado raspado, es lo que tiene el alcohol), acercándose a su presa, cuando de repente alguien del grupo le presenta al nuevo que acaba de llegar.

Y aquí es donde se pone seria la cosa.

Él la mira y sonríe. Ella le mira y le da dos besos.

Giro de 180 grados. Nuevo tablero.

“Menudo lío” piensa.

Después del esfuerzo, tiempo y sudor invertido en el primer susodicho, todo por la ventana.

Flechazo.

Algunos dicen que eso es algo que no existe, algo como de la mitología. Que es tan verdadero como la existencia del hombre del saco. Yo soy una romántica empedernida así que ya os imaginaréis mi opinión al respecto. Existe. Puede que no sea enamoramiento, pero la atracción instantánea y muta es una realidad.

Pasaron toda la noche bailando y conociéndose. Hablando de los sitios en los que habían vivido, las parejas que habían tenido, su familia, sus amigos, su trabajo, sus estudios. Si en algún momento se despegan, intentaban de forma disimulada vigilar al otro para que no se alejase demasiado. Los amigos se fueron a casa, cerraron el local pero a ellos les dio igual. Siguieron dando vueltas por Madrid, disfrutando. Estos son los mejores paseos, pensaba ella, porque la gente en ellos te cuenta cosas que no contaría en ningún otro momento. Él la miraba cuando creía que ella no lo veía (pero claro que ella lo sabía, las mujeres somos así) y ella utilizaba cualquier excusa para posar su mano en su brazo o tocarle ligeramente la espalda.

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Les entró algo de hambre y el la invitó a desayunar, dándole al café un nuevo sentido. Ya no era para planificar la siguiente estrategia con el chico X sino para disfrutar con el chico Y. ese que desde el instante en el que había lo había conocido no se había sentido capaz de separase de él. A ella le gustaba como movía él las manos cuando hablaba y lo bien que le sentaba esa  camisa azul que llevaba. La hacía reír de una forma que no había experimentado en mucho tiempo. Demasiado tiempo. A él le parecía que ella era la chica más guapa que había visto con coleta. Pero eso no era lo único que tenía en la cabeza.

Esta es la historia de un enamoramiento nocturno y fugaz, que al parecer no dio más de sí y que durante mucho tiempo sólo se quedó en eso. Durante la noche cualquier cosa era posible pero el sol llegó acompañado de la realidad. Se despidieron después del desayuno, con mucha sonrisa de por medio. Fue uno de esos amores que cada vez suceden con menos frecuencia según vas cumpliendo más años. Pero al igual que el dinero, cuantos menos tienes, con más ansia añoras el siguiente.

Tengo la teoría, muy trillada y comentada entre amigos, considerada práctica y útil por unos y fría y calculadora por otros, de que cada persona que conocemos tiene una función en nuestra vida y no se le puede exigir ni más ni menos. Porque si no se estropea todo. Es estirar y estirar la goma hasta que se parte. Y nunca se parte de forma limpia. Siempre hay discusiones, silencios fríos y momentos incómodos.

Ella necesitaba volver a sentirse un poco querida, ver que seguía teniendo la posibilidad de encontrar algo más. Él sin embargo tenía que sacarse de la cabeza a su ex unas horas o ya se iba a volver loco. Se ayudaron el uno al otro.

Esta teoría es una de las verdades más absolutas que he conocido y se puede aplicar también a amigos, familia, gente del trabajo. Quien sea. Me he ahorrado muchos palos con ella.

El problema llega cuando se mezclan conceptos y se espera más. Siempre hay alguien que exige más de lo adecuado cuando la belleza de la relación es que se quede en eso y lo que te ha aportado. Mejor una noche de ilusión que tres meses de desesperación. A veces es más bonito quedarse con el “¿qué hubiese pasado?” que con el “esto es lo que pasó: se acabó” porque así la imaginación crea situaciones que, gracias a nuestro optimismo innato, siempre acaban bien.

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Él ya está bien, se ha recuperado de sus fantasmas y sigue con su vida. Ella también, tampoco está sentada esperándole pero sí que vuelve al bar de vez en cuando a ver si se encuentran por casualidad y sonríe cuando pasa por delante de la cafetería del último desayuno, recordando la complicidad compartida unas horas.

Continuará.

-Z.