Después del final

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Hace unos días vi esta foto y no pude estar más de acuerdo con Hemingway. Me hizo ver que hacía mucho que no escribía sobre este tema: sobre lo que realmente duele. He repetido por aquí más de una vez que escribir es terapia personal y gratuita. De la que te ayuda a resolver los problemas de ahí fuera, que la mayoría del tiempo en realidad son cuestiones que tienes sin resolver contigo mismo. No nos damos cuenta y somos así de humanos  orgullosos a veces.

Así que pensé que era hora de ponerme manos a la obra con la tarea de desahogarme y fui directa al grano: me pregunté qué es lo que más me pudo doler de toda mi vida. Y curiosamente lo primero que se me vino a la mente fuiste tú. Tú, sinónimo de dolor, penas y angustia durante tanta eternidad, experto de primera clase en el tema de defraudar con un buen máster en engañar y demasiada experiencia en decepcionar. Han pasado años ya. Muchas cosas han ido y venido en ese tiempo. Y sin embargo tú, junto con el intento de unir distintos imposibles, es siempre lo peor que recuerdo.

Al pensar en ti, me quedé quieta, callada, conteniendo la respiración y esperando a que llegase esa avalancha de dolor que solía acompañar algún cruce descarado y sin autorización previa de tu nombre por mi mente.

Tic tac.

Esperé un poco más.

Tic tac.

Y más.

Tic tac.

Verás, es que era curioso, no llegaba el dolor. Ahí no llegaba nada de nada. Mi mente estaba tan en blanco como la hoja que me había dispuesto a llenar con algo que tuviese una mínima sustancia.

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Pensé que debía ir más a fondo, así que abrí el cajón veneno de los recuerdos. De par en par. Una caricia. Una mentira. Un beso. Una pelea. Una sonrisa. Un engaño. Fotogramas de un segundo. Uno tras otro, a todo color y alta resolución, un flujo ininterrumpido. Como una película de terror. Y seguía sin sentir nada.

Desesperada, decidí intentarlo por última vez, a ver si me quedaba un último ápice de semtimiento por sacar y, por si las moscas, le di con toda la palma de la mano al botón rojo, ese que se supone que nunca hay que pulsar. Te imaginé ahora, con una vida sin mí. Una rutina sin mí. Un hacerse mayor y aprender sin mí. Una felicidad sin mí. Todo sin mí. Y seguí tan tranquila como si estuviese viendo las nubes pasar.

No puede ser, pensé, no puede ser que lo que ha sido mi mayor fuente de desesperación, y por ende de inspiración, ya no me produzca ni el más mínimo cosquilleo. Nada. Me frusté porque ya no me servías ni para escribir. Y me enfadé, porque después de todo lo que había aguantado, sufrido, confiado en falso, tragado, perdonado en vano, soportado, inserte cualquier otro sinónimo aquí, lo mínimo que me merecía era poder relatarlo para desahogarme a mi manera, anónima y extremadamente efectiva. Pero es que, ya puestos, ni eso me pudiste garantizar. Otra injusticia más de las tuyas.

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Que después de todo lo luchado por recibir la más mínima aprobación tuya, ya no podía ni recordar la sensación de felicidad de cuando la conseguía.

Que después de soportar todos los doblesentidos, triplesentidos ya que estamos, y sinsentidos, se me había hasta olvidado lo que sentía cuando me acariciabas el brazo y notaba como todos los pelos, uno a uno, se erizaban.

Que después de pactar y aceptar tu partida de un solo jugador, que todos menos yo inevitablemente veían que iba a perder, tu apodo cariñoso para mí había desaparecido de mi mente y los imposibles resultaron ser demasiado grandes.

Que después de aguantar las palabras que se las llevaba el viento y los ojos que iban al suelo, los recuerdos de esas tardes de verano ya no existen en los rincones de mi memoria.

Que después de jugarme el cuello una vez tras otra y aceptar todos los inmerecidos, ya no seguías aquí, aunque en realidad la última vez sólo te quise aquí por orgullo y por eso de tener la última palabra.

Que se puede decir que te olvidé, que te desdibujé permanentemente de una vez por todas, que lo conseguí, que asumí que no había sitio para los dos.

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Pero no del todo, nunca del todo, porque al percatarme de cómo había cambiado, de lo feliz que era ya, vi que todo lo había conseguido por la mayor lección que tú me enseñaste: no merece la pena aguantar injusticias a esos niveles por alguien porque esa persona se acabará yendo y, además de sufrir, que ya es poco agradable, te quedará el trabajo de superarlo, que ya cuenta con un nivel de dificultad extrema. Y después de todo eso, no quedará ni un mísero recuerdo bueno para meter al baúl. No te quedará nada de lo que fue, ni la cáscara. No quedarán ni los restos del polvo que salen al rascar de una memoria cualquiera, porque la mente es así de traicionera: deja que sufras para que luego con el paso del tiempo ni te permita quedarte con un solo recuerdo, y muchísimo menos los buenos, para que cuando te preguntes por enésima vez consecutiva por qué pasaste por todo eso, puedas decir “ah amigo, mereció la pena porque…”. Sólo tendrás la sensación de haber sufrido el mayor delirio de tu vida.

Porque como dicen unos, “el tiempo es un homicida cruel”.

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Gracias, querido Hemingway, gracias.

– Z

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