De los de siempre

Quiero uno que merezca la pena.
Quiero uno sin rebotes. Sin horarios limitados. Ni tiempos de descanso,  ni silencios recargados.
Quiero uno que cale hondo, irrompible, que no se note al respirar.
Quiero uno que sea duradero y verdadero. A partes iguales.
Quiero un amor de los de siempre.

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Quiero uno para toda la vida, para dar la vuelta al mundo, que no tenga fecha de caducidad ni que venga con garantía porque se espera que se estropee. Pido lo básico: que me quieras en mis mejores y peores momentos porque yo estoy dispuesta a quererte en todos y cada uno de ellos. Quiero que me rompas la monotonía de la rutina con una simple llamada. Y que también me rompas mis esquemas. Quiero ser como esa pareja que celebra sus bodas de oro a lo grande. Pero ya no es tan fácil como antes. Ahora es lo temporal lo que gusta y el dejar de luchar cuando no conviene. Rendirse, porque es fácil. Llámame anticuada pero quiero un amor de los que ya no está de moda.

Quiero un amor de esos en los que si salto yo, saltas tú, porque así por lo menos caemos juntos. Quiero un amor para pasearme por la vida, siempre de la mano. Quiero un amor en el que los dos nos transformamos en una persona. Quiero uno en el que hago cosas que no me gustan porque a ti te hacen feliz. Y que a la primera persona a la que llame para contarle la noticia de mi vida seas tú. Quiero que me dejes el último bocadito del postre y yo despertarte con tu canción favorita. Y quiero conocer todas y cada una de tus manías y rarezas. Quiero un amor que se siente de forma inconsciente, debajo de la piel, eléctrico. Quiero mirarte a los ojos y morir.

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Quiero dejarme de suspensos.
De caminos cruzados y equivocados.
De fichar salidas y entradas.
De tiempos finitos y atajos.

Quiero que para mí no exista otra cosa que no seas tú y que para ti no exista otra cosa que no sea yo. Quiero que vengas para quedarte. Y que no haya forma de echarte. Quiero que nuestras despedidas siempre sean difíciles pero sin preocupaciones. Quiero dar las gracias todos los días porque tú me has elegido a mí. Y quiero que seamos capaces de reírnos en los momentos más serios. Quiero uno en el que, si discutimos, que sea por cosas nuevas y no los reproches del pasado. Quiero que compartas mi vocabulario, palabras que hoy ya no se oyen demasiado: confianza, prioridad y respeto. Quiero luz y aire limpio.

Quiero que “andemos sin buscarnos pero sabiendo que andamos para encontrarnos”. Quiero dar contigo cuando realmente esté preparada para agarrarte y no dejarte nunca ir. Quiero una historia de las grandes donde no haya hueco para pequeñeces y jugármela a un todo o nada sabiendo que la casa siempre gana. Quiero que sepas quererte y así poder quererme a mí.

Quiero que nunca me faltes. Quiero un amor indisoluble. Que me entiendas sin despegar los labios. Y que yo sepa leer tus silencios. Quiero conocer cada uno de tus gestos por haberlos visto repetidos una y otra vez.

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Quiero nuestra casa.
Nuestras costumbres.
Nuestra vida.

Quiero estar donde tú te encuentres. Y que siempre me busques en una habitación llena de gente. Quiero que la vida dé muchas vueltas y que cada una que tachemos en el calendario sea juntos. Y quiero que cada una de esas vueltas que nos den la vida.

– Z

 

 

Fotografía: Francis Miller, Anónimo, Anónimo

Por un arrebato de sinceridad

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Por ti y por mí. Por el pasado inevitable y por el futuro ineludible. Por saber siempre por dónde van los tiros. Por lo nuestro, que espero que algún día sea más grande que todo lo demás. Y, si no es así, que al menos sirva para escribir una buena historia. Por eso de irte sin aviso y volver sin anunciarte. Por tus mil maneras de mentir y mis cien formas de pillarte. Por las noches sin dormir y los días sin respirar. Por nuestros juegos sin fin, mezclando partidas, y al final sin saber si íbamos o veníamos. Por dejar que pase lo que tenga que pasar. Por quedarnos con la vista en el cielo y olvidarnos de los pies en la tierra. Por tu manera de hacer que las pequeñas cosas lo sean todo. Y por que cuando te dispones a hacer algo grande, lo haces con todas sus letras.

Por perseguirme infinitamente hasta mi portal. Por escaparme todas las noches por la ventana de tu casa. Por las tardes sin bajar del autobús intentando rascar al día unas horas más y por todos esos restaurantes que no probaremos. Por los viajes clandestinos en moto. Por los fines de semana de incógnito por media geografía europea. Por echar la vista atrás y concluir que fui yo la cobarde. Por tener la jodida razón. Por ese  tortazo que te di. Por ese beso que me devolviste. Por cada copa de más y cada café de menos. Por ser más que un sábado por la noche y cualquier abrazo frío. Por darme la mano cuando más lo necesité. Por no poder echarnos nada en cara. Por tus advertencias ignoradas y súplicas enmascaradas. Por mis gritos al vacío y carreras tropezadas. Por aquella mañana de desayuno de tres horas convertido en comida. Y por aquella tarde cortada en un banco.

Por los días que no confías en mí, te diré que estás en lo correcto. Por jugártela. Por mis gritos de “ven sin hacer ruido”. Por todas las cartas escritas que espero que estén perdidas. Por todas las veces que no contestaste. Por los recuerdos resucitados cada vez que pienso en ti. Por catapultarme hacia algo mejor. Por esa canción, sabes a cual me refiero, I fell into a burnin’ ring of fire. Por los pelos de punta, los ojos al cielo y los latidos acelerados. Los repetiría una vez más. Por cada tiro a quemarropa que te merecías. Por cada tiro a bocajarro que me busqué. Por no leer todo lo que escribo (y esta vez no hagas una excepción). Por todos los intentos de despedida y todos los secretos guardados. Por tu carcajada quebrada y tu mirada revuelta. Por mis vestidos negros y tu forma de quitármelos. Por las veces que te hago elegir. Y, sobre todo, por tus elecciones.

Por cómo lo dejas, en presente. Por la manera en la que te rindes, hecho y derecho, que hasta en eso tengo que reconocer que tienes elegancia. Por la persona en la que creo que te has convertido después de todo este tiempo. Por poner un mar de por medio y contarlo en centímetros. Y sobre todo por saber ser el más fuerte de los dos.

Por todo eso y por muchas cosas que no confesaré jamás, de una forma un tanto inexplicable, quiero decirte que siempre me tendrás.

– Z

Fotografía: Anna Karina y Jean-Luc Godard

La historia de nosotros (si tú no fueses tú y yo no fuese yo)

I never tried to trick you babe
I just tried to work it out
But I was swallowed up by doubt
If only things were black and white

– Marcus Mumford

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Esta es una pequeña reclamación de lo que fuimos, un recordatorio para dejar constancia que el tiempo tiene la mala costumbre de hacernos olvidar los hechos.

Es un pensamiento caducado de un día gris, que a mí me llega cuatro años tarde y a ti ni se te habrá cruzado por la mente.

Es la duda en papel de qué hubiese pasado si nos hubiésemos llamado una vez más después de aquel adiós traducido en corte de respiración.

No es más que un juego de la imaginación, que tarde o temprano siempre acaba traicionando y crea escenas de película que jamás sucederán.

Esta sería, simple e íntimamente, la historia de nosotros, si tú no fueses tú y yo no fuese yo.

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Viviríamos lejos, eso sin duda. Nos la habríamos jugado juntos, como hacen los equipos de verdad. Me fui e hicimos lo que mejor se nos pudo dar: ser el estereotipo fiel de lo que pasa con la distancia. La versión imperfecta. El ejemplo a no seguir.

Nos despertaríamos por las mañanas juntos con ganas de vivir. Yo no me escaparía por tu ventana y tú habrías logrado cumplir tus sueños. Ahora caigo por primera vez en que nunca me llegaste a contar ninguno de ellos. En realidad, no dio tiempo a que me contases muchas cosas. A pesar de ello nunca me quise despegar de ti, aunque tres semanas antes ni te ponía cara.

Y lo más importante, no habría dudas ni secretos, ni dobles juegos ni puertas traseras que siempre llevaban a la misma habitación. A los veinte nos mantenían con el corazón acelerado hasta las mil pero, después, tú te agarraste de más a ellos y a mí me empezaron a sobrar. Todo estaría bien porque tú seguirías estando en un pedestal para mí y yo seguiría siendo lo más bonito que habías visto y verías en tu vida. Tal cual. Sin más complicaciones ni dilaciones.

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Y no necesitaríamos mucho más. Todo así de fácil. Habríamos encontrado el equilibrio perfecto entre tu carácter y el mío, por inexistente que resultó ser. Habría cobrado sentido eso del ying y el yang.

No nos habríamos perdido en los detalles, a los que quizás les dimos demasiada importancia. Habríamos apostado un poco más por nosotros y un poco menos por todo lo demás. Nos habríamos dado cuenta a tiempo de que las cosas buenas hay que cuidarlas como si se tratase del cristal más fino y el orgullo existiría en otra dimensión que no fuese la nuestra. Habríamos sabido distinguir entre beber para recordar o beber para olvidar. Quizás habríamos jugado a otro juego más equilibrado y nos habríamos dado cuenta de que la suma de uno y uno debería ser dos, no tres. No nos habríamos dejado la piel en batallas perdidas ni en guerras invisibles. Todo habría sabido un poco menos a ceniza, las heridas habrían sido menos profundas y los problemas más superficiales. Habríamos pedido permiso en vez de pedir perdón y habríamos sabido distinguir perfectamente la diferencia entre lo correcto, a lo que yo le prestaba mucha atención, y lo adecuado, de lo que tú no habías oído hablar jamás. Habríamos triunfado, a pesar de nada, y habríamos conseguido tachar juntos en el calendario un amanecer más.

Se pueden establecer muchas teorías en cuanto a lo ocurrido, y créeme cuando te digo que habré construido infinitas. Quizás lo alargamos y desgastamos demasiado o a lo mejor era algo que en el comienzo ya estampamos una fecha de caducidad.

Pero lo único que sé seguro es que no nacimos con freno y marcha atrás.

Que ir a mil por hora era pura adrenalina.

Y que pasó lo que pasó precisamente porque tú fuiste tú y yo fui yo.

– Z

 

Fotografías: Anónimo, Catherine Deneuve en el set de Les parapluies de Cherbourg (1964)

La importancia de decir adiós

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Quedemos para hablar. Quedemos para hablar de nosotros. Volvamos a intentarlo, que por un quinto ruedo ya no queda lugar para matarse un poco más de la cuenta.

Hablemos en a ese lugar. No me preguntes cuál, lo sabes sin que lo diga. Ese lugar nuestro en el que se nos olvida la importancia de decir adiós.

Y ahí podemos pintar una historia paralela, un nosotros que nunca fue pero que irónicamente siempre será. Podemos pensar que es posible sentir el tacto a kilómetros unos cuantos centímetros más cerca. Podemos imaginarlo, no hay que esforzarse mucho, solo si nos olvidamos de que yo no soy de dar de más y tú ya estás de menos.

Pero, venga. Decidido. Nuestra historia paralela.

Cuéntamela de tal manera que, si supera la ficción, será realidad. Cuéntamela con esa canción que me gusta de fondo. Sin prisas. Saborea las palabras. Así es más fácil engañarme y hacerme creer que nuestra suma a medias sí que puede acabar de formar un todo.

Y, mientras me la narras, haz eso que se te da tan bien. No me ligues, conquístame. Volveré a caer y lo sabes. Esos ojos revueltos y esa sonrisa torcida serán suficiente distracción. Y, si te da miedo contarla en alto por eso que dicen que las palabras habladas se convierten en verdad, escríbemela. Que escribir es besar con la mente, y tus besos están en mi lista persona de éxitos de verano.

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Descansemos de la culpa y la traición. Desconectemos. Off. Creo que eso se nos puede dar bien y, si no es el caso, no pasa nada, sólo nos ven las azoteas y las estrellas. Somos invisibles, aunque definitivamente no invencibles.

Pero no dejes de contarme nuestra historia de lo que pudo ser. Siempre me gustó el tono de tu voz. Ábreme los ojos de par en par y así yo me soltaré la melena y me pondré el disfraz de las noches de sábado, ese que insinúa ser para otros pero grita a más no poder “sólo para ti”.

Pero sobre todo dame de golpe en el centro de mis debilidades, en mi diana, que yo te devolveré el tiro. Transforma mi realidad pero en una justa medida. No te vengas arriba con el calor.

Inspírame una vez más. Haz que escriba. Haz que me vuelva a encontrar en este lugar. Provoquemos nuestra primera despedida, como dirían los últimos románticos, que sino esto no es ni será una locura real. Y cuéntame esa ficción de cómo nos escaparemos a la casa de tus padres en la playa. Sin que nadie lo sepa cogeremos el coche y desapareceremos del mapa. Veremos de todo porque viajar contigo no es hacer turismo.

Y ahora, a modo de gran final, déjame que te parta el corazón, y a cambio anúdame la garganta. Ya no me acuerdo bien de quién es el turno. A lo mejor esa es la razón por la que volvemos siempre.

Y cuando hayas acabado de contarme cómo funcionará todo esto, no me des media hora más, dame la historia de mi vida. Acaba por prometerme que cuando pases por ese bar siempre te acordarás de mí y yo juraré guardarte un lugar eterno, por mucho que me duela.

Y, aunque pueda que no pueda ser, aunque tenga final firmado y le queden dos segundos para esfumarse en humo, quiero que esto, sea lo que sea, merezca una amarga pena.

– Z

Fotografías: Anónimo, Anónimo

La respuesta que siempre he querido tener

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

-P. Neruda

 

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Y es que me gustas cuando vienes. Sin razón y para quedarte.

Me gustas cuando paras y me miras. Y yo te ignoro para que sigas, disfrutando del trayecto de tus pupilas que contiene mi nombre.

Me gustas con tu viaje de invierno en un verano a punto de estallar. Con tus aires reinventados. Con tus planes sin establecer. Con tus arriba que no se encuentran precisamente en el tejado y tus abajo que realmente nunca existieron.

Me gustas cuando te conviertes en mi fuente de energía intransferible, cuando me quemas en ese instante antes de sentir tu abrazo y no veo otra cosa que los rayos de electricidad estática que despiertan cada una de mis neuronas.

Me gustas cuando partes el cielo en dos solo para poder ver el sol un rato más y alargar los días al viento que se nos hacen demasiado cortos.

Me gustas cuando me hablas con tu silencio a gritos lleno de palabras que transmiten más que cualquier vocal hablada. Pero más me gustas cuando me dices muy a lo bajito, sólo para mi oído débil, “no te quedes con ganas, quédate conmigo”.

Me gustas cuando, dentro de cada tormenta diaria, nos creas un hueco lleno de paz, hecho a medida solo para dos, y durante unos minutos las olas ya no resultan tan grandes ni los truenos tan fuertes.

Me gustas cuando me respondes a esas preguntas que no me atrevo a hacer y cuando me das la respuesta que sabes que siempre he querido tener.

Me gustas cuando, sin quererlo, tus despedidas pierden el sentido de la palabra y se convierten en eternas bienvenidas.

Y me gustas cuando no hay razones para vernos y las pintas cuando crees que no miro en un lienzo de aventuras que recordaremos para siempre.

Me gustas cuando, incluso antes de decirte no, sabes que es un  sin duda alguna.

Me gustas cuando me lees de norte a sur sin perderte ni una sola de mis comas, y en tiempo récord hablas mi idioma.

Me gustas cuando dices que buscarás una tumba de dos, que la distancia en nuestro caso está sobrevalorada.

Me gustas en cada una de tus contradicciones.

En cada uno de tus pasos.

En cada una de tus rarezas.

Y es que me gustas siempre.

Siempre, tú.

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Z

Fotografías: Anónimo, Life Magazine

Después del final

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Hace unos días vi esta foto y no pude estar más de acuerdo con Hemingway. Me hizo ver que hacía mucho que no escribía sobre este tema: sobre lo que realmente duele. He repetido por aquí más de una vez que escribir es terapia personal y gratuita. De la que te ayuda a resolver los problemas de ahí fuera, que la mayoría del tiempo en realidad son cuestiones que tienes sin resolver contigo mismo. No nos damos cuenta y somos así de humanos  orgullosos a veces.

Así que pensé que era hora de ponerme manos a la obra con la tarea de desahogarme y fui directa al grano: me pregunté qué es lo que más me pudo doler de toda mi vida. Y curiosamente lo primero que se me vino a la mente fuiste tú. Tú, sinónimo de dolor, penas y angustia durante tanta eternidad, experto de primera clase en el tema de defraudar con un buen máster en engañar y demasiada experiencia en decepcionar. Han pasado años ya. Muchas cosas han ido y venido en ese tiempo. Y sin embargo tú, junto con el intento de unir distintos imposibles, es siempre lo peor que recuerdo.

Al pensar en ti, me quedé quieta, callada, conteniendo la respiración y esperando a que llegase esa avalancha de dolor que solía acompañar algún cruce descarado y sin autorización previa de tu nombre por mi mente.

Tic tac.

Esperé un poco más.

Tic tac.

Y más.

Tic tac.

Verás, es que era curioso, no llegaba el dolor. Ahí no llegaba nada de nada. Mi mente estaba tan en blanco como la hoja que me había dispuesto a llenar con algo que tuviese una mínima sustancia.

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Pensé que debía ir más a fondo, así que abrí el cajón veneno de los recuerdos. De par en par. Una caricia. Una mentira. Un beso. Una pelea. Una sonrisa. Un engaño. Fotogramas de un segundo. Uno tras otro, a todo color y alta resolución, un flujo ininterrumpido. Como una película de terror. Y seguía sin sentir nada.

Desesperada, decidí intentarlo por última vez, a ver si me quedaba un último ápice de semtimiento por sacar y, por si las moscas, le di con toda la palma de la mano al botón rojo, ese que se supone que nunca hay que pulsar. Te imaginé ahora, con una vida sin mí. Una rutina sin mí. Un hacerse mayor y aprender sin mí. Una felicidad sin mí. Todo sin mí. Y seguí tan tranquila como si estuviese viendo las nubes pasar.

No puede ser, pensé, no puede ser que lo que ha sido mi mayor fuente de desesperación, y por ende de inspiración, ya no me produzca ni el más mínimo cosquilleo. Nada. Me frusté porque ya no me servías ni para escribir. Y me enfadé, porque después de todo lo que había aguantado, sufrido, confiado en falso, tragado, perdonado en vano, soportado, inserte cualquier otro sinónimo aquí, lo mínimo que me merecía era poder relatarlo para desahogarme a mi manera, anónima y extremadamente efectiva. Pero es que, ya puestos, ni eso me pudiste garantizar. Otra injusticia más de las tuyas.

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Que después de todo lo luchado por recibir la más mínima aprobación tuya, ya no podía ni recordar la sensación de felicidad de cuando la conseguía.

Que después de soportar todos los doblesentidos, triplesentidos ya que estamos, y sinsentidos, se me había hasta olvidado lo que sentía cuando me acariciabas el brazo y notaba como todos los pelos, uno a uno, se erizaban.

Que después de pactar y aceptar tu partida de un solo jugador, que todos menos yo inevitablemente veían que iba a perder, tu apodo cariñoso para mí había desaparecido de mi mente y los imposibles resultaron ser demasiado grandes.

Que después de aguantar las palabras que se las llevaba el viento y los ojos que iban al suelo, los recuerdos de esas tardes de verano ya no existen en los rincones de mi memoria.

Que después de jugarme el cuello una vez tras otra y aceptar todos los inmerecidos, ya no seguías aquí, aunque en realidad la última vez sólo te quise aquí por orgullo y por eso de tener la última palabra.

Que se puede decir que te olvidé, que te desdibujé permanentemente de una vez por todas, que lo conseguí, que asumí que no había sitio para los dos.

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Pero no del todo, nunca del todo, porque al percatarme de cómo había cambiado, de lo feliz que era ya, vi que todo lo había conseguido por la mayor lección que tú me enseñaste: no merece la pena aguantar injusticias a esos niveles por alguien porque esa persona se acabará yendo y, además de sufrir, que ya es poco agradable, te quedará el trabajo de superarlo, que ya cuenta con un nivel de dificultad extrema. Y después de todo eso, no quedará ni un mísero recuerdo bueno para meter al baúl. No te quedará nada de lo que fue, ni la cáscara. No quedarán ni los restos del polvo que salen al rascar de una memoria cualquiera, porque la mente es así de traicionera: deja que sufras para que luego con el paso del tiempo ni te permita quedarte con un solo recuerdo, y muchísimo menos los buenos, para que cuando te preguntes por enésima vez consecutiva por qué pasaste por todo eso, puedas decir “ah amigo, mereció la pena porque…”. Sólo tendrás la sensación de haber sufrido el mayor delirio de tu vida.

Porque como dicen unos, “el tiempo es un homicida cruel”.

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Gracias, querido Hemingway, gracias.

– Z

No es lo que parece

Hace poco me acordé del BMW viejo de mi abuelo. Recuerdo su chasis verde oscuro, la tapicería áspera de tela gris, su olor característico, y de los momentos en los que nos metían a siete primos detrás y nos sentábamos los unos encima de los otros. Era cuando aún el cinturón estaba infravalorado hasta tal punto que no existía en los asientos traseros. Yo tenía diez años y me parecía el coche más bonito que había visto.

Pero de lo que más me acuerdo es de la radio que tenía. Era de esas que solo se encuentran en los coches antiguos, que se podían sacar para guardarlas porque, de la noche a la mañana, te habían roto la ventana y había “desaparecido”. A veces mi abuelo nos daba el capricho de dejarnos poner la música un poco más alta y todos gritábamos y berreábamos, porque eso no era cantar.

Y el otro día resulta que todo encajó. Se me encendió la bombilla. Y caí en la cuenta.

Tú eres como una radio antigua.

Esa radio eres tú.

Porque a simple vista encaja perfectamente en su hueco y con la estética del coche. Además está en un lugar que es admirada por todos. Era el último modelo de su generación. Tenía esos botones tan bonitos y esa pantalla tan atractiva. Yo sintonizaba con ella que ni te imaginas. Me ponía la mejor música a la más alta calidad y disfrutaba. Disfrutaba como nunca.

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Y era feliz en el coche con mi radio genial, siendo la envidia de todos y no había ni una preocupación que pudiese entrar porque las ventanillas están bien subidas y el aire sellado herméticamente. Nadie más entraba en ese ambiente perfecto, casi surrealista. Demasiado bueno para ser real. Ese tono musical era sólo para mí y mis oídos.

Me paseaba en el coche con la radio puesta, llena de felicidad, pensando que era lo mejor que me había podido pasar en no sé cuánto tiempo.

Y así unas semanas. Unos meses. Un tiempo. Pero llegó un día en el que tuve que dejar el coche un poco de lado. Ya no le podía dedicar tanto tiempo. Era el momento de volver al mundo real.

Y es que resulta que a partir de ese momento mi radio empezó a sintonizar un poco peor. Ya no me entendía igual. Al principio me lo tomaba como una excepción y lo dejaba pasar. Y como cuesta afrontarlo, no dejé que a la tercera fuese la vencida, sino más bien a la duodécima.

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No la oía igual. No disfrutaba igual. Y me empecé a fijar en que tampoco encajaba tan bien en el coche como creía. Ya no estaba ciega y empecé a ver los defectos de fábrica. Aun así, decidí ser fiel a mi radio porque me acordé de la ilusión que me hizo al principio. Decidí ponerme del lado de la ignorancia y que no me importase que todos los demás canales se oyesen cada vez peor porque mi estación favorita seguía en funcionamiento. Hice la vista gorda y escuchaba solo esa estación. Me callaba porque era más fácil engañarse. Era más cómodo seguir así que afrontar la realidad y admitir que mi radio ya no era la de siempre.

Sin embargo, cada vez sintonizaba menos, hasta que dejé de oirla del todo. Solo había ruido. Ese ruido crujiente y envolvente, con miles de chispas, que llega a ser ensordecedor. Esos viajes en coche, que tanto me apetecían, se habían vuelto amargos. Y me di de bofetada contra la realidad. Vi que tenía la opción de quedarme con una radio defectuosa que funcionaba un día no y otros siete tampoco, o sacarla del coche definitivamente porque ya no le encontraba el sentido a la situación. Al paredón.

ARCHIVES - SERGE GAINSBOURG ET JANE BIRKIN EN VOITURE - SANS DAT

Llegaron los ratos de indecisión. De pedir opinión, ayuda o lo que se ofreciese. De SOS a gritos en silencio. De miradas furtivas. De la duda. De preguntarse si merecía la pena arriesgar.

Pero es que mientras pensé en todo esto, se me adelantaron. Tomaron la decisión por mí. Fui a coger el coche y vi que en vez de estar la ventana del copiloto, lo que había era un millón de fragmentos de cristal en el suelo, dispersos por todas partes. Y pensé que era irónico que esa imagen tan sencilla plasmase tan bien lo que sentía.

Me asomé al interior del coche a través de esa no ventana para analizar los desperfectos. Lo primero que vi era que mi radio ya no estaba. Sólo quedaba un hueco rectangular, negro. Y, sobre todo, vacío. Que después de tantas señales y avisos que había tenido, y me había negado a recibir, se la había llevado otra persona.

Esa radio eras tú.

Así que cambié. Cambié de coche, de radio, de vida. Y opté por algo mejor. Me costó pero compré un coche nuevo. Me lo vendieron diciéndome que era más manejable, aerodinámico de última generación y que consumía el que menos. Pero verás, eso no es lo que más me gustó. Lo mejor que tiene es su radio. Es más discreta pero mil veces más fiable. Es de las que sabes que jamás se va a romper. Y encima es imposible que encajase mejor. Tiene memoria para guardar las emisoras así que siempre se acuerda de todo. Lee CDs además así que entiende mis gustos perfectamente. Nunca hace esos ruidos estridentes, siempre da en el clavo con el número de emisora. No me falla. Y, por primera vez en la vida, escucho la música con las ventanas y capota bajadas a todo volumen. No me da miedo que entren las preocupaciones porque sé que jamás existirán. Me da igual porque sé que, pase lo que pase, esa radio siempre será mi radio.

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Y es que hay veces que es mejor contar las cosas así porque una historia cala más hondo que cualquier otra palabra, mirada o gesto.

La radio solo tiene una cara, cuando debería tener dos.

– B. Bretch

– Z

Imágenes de: Oktoberkind, The girl with the little curl,